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domingo, julio 27, 2008

UNA IDEA ESTUPENDA

Debo confesar que cuando Charlie me contó su idea aquella mañana, solo me pareció otra más en una cadena de estúpidas ideas, otro vano intento por inventar algo que lo salvara de su mediocre existencia y lo sacara de un trabajo deplorable que odiaba con todas sus entrañas. Otra imbecilidad como la de los escudriñadores de mujeres, las lectoras de pensamientos o la vajilla autolavable y toda una serie de sandeces que, por supuesto, nunca logró llevar adelante ni hacer que funcionaran.

- ¡Vamos Karl!. Te digo que esta idea es estupenda - me contaba entusiasmado mientras desayunábamos café negro con tocino y huevos (escalfados los míos), y waffles con miel de maple en aquel lugar donde solíamos juntarnos, el Rover Inn en la calle 4, un sitio agradable, de un italoamericano llamado Anthony Minghella, como el director de "The english patient", aunque, como siempre debía aclarar el pobre sujeto, no eran parientes.

La televisión de fondo nos traía noticias de un nuevo bombardeo de nuestros muchachos a alguna asquerosa republiqueta del Tercer Mundo. Charlie estaba insistente. Al menos debo reconocerle eso al pequeño bastardo. Insiste e insiste aunque nunca llegue absolutamente a nada. Es un perdedor absoluto, pero tenaz, eso si.

- Dime Karl - me decía, mientras cortaba el tocino. - ¿Cuánto hace que no mantienes una relación duradera? -.


Su pregunta me tomó por sorpresa, en mitad de un bocado de huevos.


- ¿A qué te refieres con eso Charlie? -.

- Oh, bueno...tú sabes amigo... - dijo y me miró.

Suspiré.

- Bueno...desde Sally, ninguna -.

- ¡Cielo santo amigo! - exclamó.

- Eh...no es tanto tiempo Charlie - me defendí.

- ¿Estás bromeando?. Hace ya 5 años Karl. ¿Como pud...? -.

- Aún no logro olvidarla -.

- No me lo digas a mi Karl. Yo soy quién tiene que aguantarte cuando te agarran esos malditos ataques de llanto cada vez que vamos al cine a ver esas películas que me llevas a ver tu -.

- Creí que las románticas eran tus preferidas Charlie -.

- No Karl. ¡Son las tuyas! -.


Medité aquello un instante.


- Oh - murmuré - Tienes razón -. Charlie llamó a la camarera.

- Cariño, ¿serías tan amable de traernos un poco más de ese delicioso café? -. La camarera dijo "si" con una enorme sonrisa. Era una bella rubia de unos 30 años llamada Doris. Se acercó hasta la mesa, y mientras me servía el café me echó una mirada como para desnudarme.

- ¡¿Qué tal eso?! - bromeó Charlie.

- Oye Charlie: eres un buen amigo y todo, pero me llamaste para contarme otra de tus...bueno...llamésmolas ideas. No tengo todo el tiempo del maldito mundo, así que larga el rollo de una vez, ¿quieres? -.

- De a poco mi buen amigo, de a poco. Hace entonces 5 años que no tienes una relación duradera, ¿verdad? -.

- Cierto. He tenido sexo y además... -.

- Karl, por Dios...esa no es la cuestión -.

- ...además retomé el viejo hábito de la masturbación -.

- Oye, no me interesan tus costumbres onanistas. Sólo te pregunté por tus relaciones serias o duraderas porque esta es mi idea... -.

Tomé mi taza de café y me preparé para escucharlo hablar entusiasmado de alguna torpe idea que nunca llevaría a cabo, que no pondría en práctica y que abandonaría sin más para pasar a otra cosa y así, en unos meses nos encontraríamos de vuelta en el Rover, pidiéndole más café a alguna Jeannie o Minnie o quién diablos estuviera allí.

- Muy bien Karl. Aquí voy. ¿Te has dado cuenta lo difícil que es establecer relaciones en estos días?. Es todo tan complicado, hay tanta desconfianza, miedo a las enfermedades, al fracaso, al rechazo, al maltrato... No eres el único, por cierto, en esa situación. No hablo de mantener solo relaciones sexuales. Aunque es cierto que también ahora los encuentros casuales se han vuelto cada vez más difíciles. Lo reconozco. Los índices de divorcio se van para arriba como las acciones de Microsoft cada vez que Bill saca un nuevo modelo de Windows... -.

- Charlie - dije impaciente.

- Oh, vamos muchacho, tranquilízate, por favor. No nos llevará mucho más tiempo. Todo se enreda. La gente se mira con recelo. Si en el trabajo le preguntas la hora a una subordinada, te acusan de acoso sexual, y si lo haces en la calle, de asalto sexual en 2º grado. Claro, eso si no es una periodista. En ese caso te demandan también por violación de derechos civiles -.

- Charlie - repetí mientras cortaba un waffle.

- Muy bien, muy bien. Ya estoy llegando al centro de la cuestión amigo. Todo esto me hizo pensar... - hizo una pausa en la cuál me causó gracia pensar que Charlie pensara - ...¿qué tal si hubiera otra forma de conseguir relaciones Karl? -.

- ¿Otra forma? - pregunté sin demostrar demasiado interés. La televisión había captado toda mi atención: esas bombas si que podían quemar una población entera en un santiamén.

- Si, otra forma, más práctica, más segura, sin riesgos y con garantía...si Karl, ¡con garantía! -.

Charlie parecía un vendedor de automóviles usados actuando en un infomercial de esos que inundan la televisión de cable, como aquel maldito estafador que intentó venderme un Sedán queriéndome hacer creer que había pertenecido a Sylvester Stallone.

- Este auto perteneció a Silvestre Estaloun - dijo el tipo.

- ¿A Sly? - pregunté entusiasmado -.

- Creo que así le decían, ¿no es verdad? - comentó el vendedor con una sonrisa falsa dibujada en el rostro, ese tipo de sonrisa falsa que solo un vendedor de autos de Ohio puede darte.

- ¿Así que pertenecía a Sylvester Stallone? - murmuré -.

- Tal cual - dijo el tipo. - Era el auto favorito de Silvestre Estaloun -.

Cuando ya estaba casi decidido a hacer la compra se me ocurrió preguntar:

- ¿Estamos hablando del actor? -.

- Si - contestó el tipo dubitativo. - El actor -. Pero algo en sus ojos me pareció sospechoso.

- ¿El que protagonizó Rambo, esa película para maricones? -.

Entonces el tipo se derrumbó.

- ¡No, no, no!. Silvestre Estaloun es un maldito turco al que tuvimos que quitarle el auto porque se atrasaba siempre con sus pagos. ¡Amigo!. Debe ayudarme. Estoy desesperado, si no vendo un asqueroso pedazo de fierro en las próximas dos horas me quedaré sin el premio de fin de mes, y esta vez regalan el juego de vajilla que tanto quiere mi esposa. ¡Ayúdeme por favor! -.

Al final conseguí que el tipo me descontara 800 dólares del precio final y que me regalara un juego de llantas nuevas. No estuvo nada mal, nada mal.


- Charlie, amigo, ¿cuál es la idea?. ¿Me la puedes decir de una maldita vez? - le exigí ofuscado.
- Quiero terminar mi café y mi tocino y seguir viendo las noticias. Nuestros muchachos están haciendo un gran trabajo en aquel país del sur... -.

- Oh, está bien Karl. Está bien. Mira, yo se que no me tienes fe. Lo se. ¿Crees que no te conozco amigo?. ¿Cuántos años hace ya que nos cono cemos Karl? -.

- Muchos Charlie. Tal vez demasiados - dije.

- Está bien amigo, está bien. Comprendo la ironía. Se que nunca me creíste capaz de hacer nada como la gente. Desde niños me lo hiciste notar a cada oportunidad que tuviste -.

- Es que siempre fuiste un bastardo completamente inútil Charlie - le aclaré antes de tomar un trago de jugo de naranja.

- ¿Crees que no lo se?. Oh, amigo, créeme, lo se, lo se. Soy un completo inútil. Siempre lo fui. No, no, no. No lo niegues. Mi padre no deja de marcármelo cada vez que nos encontramos. Me odia. No logro mantener un trabajo por más de 1 año cada vez, siempre estoy sin dinero. Karl, lo se. Y mis dos ex-esposas no dejan de recordármelo cuando me llaman para reclarmarme sus dólares. Pero esta idea será una verdadera bomba amigo -.

- Ok Charlie, si tu lo dices -. Las cámaras de televisión habían entrado a una escuela a la que nuestros muchachos habían atacado con morteros.

- ¿Estás listo?.- Hizo una pausa, intentando crear suspenso antes de largar su nueva y estúpida idea.

- Una cadena de venta de relaciones - me dijo y se quedó mirándome con una sonrisa oligofrénica y los ojos bien abiertos, esperando alguna reacción de mi parte. Pero ya estaba acostumbrado a aquellas tonterías de Charlie y no me sorprendió en lo más mínimo.

- Doris, ¡más café por favor! - dije llamando a la camarera.

- Vamos amigo, no seas así. Dime, ¿qué te parece? -.


Le eché una mirada compasiva.


- Una verdadera mierda -. Pero Charlie, el tenaz bastardo, no se dió por vencido.

- Oh Karl, que pesimista eres. Siempre que te cuento alguna de mis ideas dices lo mismo -.

- Y tú sigues insistiendo - dije mientras Doris me servía café inclinándose de una manera muy sugestiva, dejándome ver apenas el nacimiento de sus pechos, que debo reconocerlo, se veían firmes y amplios debajo de aquel uniforme.

- Claro que lo hago Karl. Eres mi amigo -.


Aquello me enterneció casi hasta las lágrimas. El café estaba muy caliente.


- Bueno Charlie. Debo serte sincero: siempre fuiste un perdedor y siempre lo serás. Para qué negarlo. Eres un fracasado. Nunca triunfarás en nada. Soy tu amigo, es cierto, por eso te lo digo. Ni lo intentes. No llegarás a nada, como en todo lo que has emprendido en tu pusilánime vida. Debo reconocer tu tenacidad, eres un bastardo resistente. Otros a esta altura y con tantos fracasos sobre sus espaldas, se habrían pegado más de un tiro en la cabeza. Pero tú no, y eso es lo que tienes de bueno. Sabes que no lo lograrás, pero igual lo intentas. No puedo decir que te admire Charlie, porque nunca admiraría a un asqueroso inútil como tú. Pero tienes mi simpatía -.

- Bue... no... - dudó Charlie.

- Oye Charlie, somos amigos. ¿Hubieras preferido que no te dijera nada de esto?. No me habría sentido bien. Además me conoces. Sabes que no soy de los tipos que dicen "si, si, claro que si" para quedar bien. ¡Detesto la hipocresía! -.

- Oh, si, ya lo se. Pero podrías tener un poco más de tacto Karl - dijo ya repuesto.

- Si, podría. Pero también te estaría engañando, y ese, tu lo sabes, no es mi estilo -.

- Ya lo se Karl. De todos modos, y aunque no te guste, voy a intentarlo -.

- De acuerdo - dije.

- Mira Karl: sería sencillo. Un comercio que venda relaciones. Entra un cliente y dice "quiero una relación con una mujer inteligente, profesional, que no esté demasiado interesada en el sexo" y y así a cada uno le vendes la relación que desea mantener -.

- Ajá -.

- O una mujer que diga "quiero un marido que al menos me dure más que el anterior" y así, ¿comprendes? -.

- Eh...si, te sigo Charlie -.

- ¿No es genial?. ¡Vamos!. ¡Dime que no es genial!. No más recorrer bares de solteros, deprimentes fiestas, citas a ciegas ni por computadora, presentaciones molestas de amigas de las novias de tus amigos que son unas estúpidas. La gente se volvería loca con algo así -.

- Pero si todas las relaciones fueran tan perfectas, se acabarían todos los problemas de pareja - acoté.

- Oh, no. Para aquellos que quieran una relación conflictiva, también las habrá. Lo que yo proveo es el servicio para que la gente no tenga que buscar esas relaciones. Tu sales del negocio con la relación perfecta de acuerdo a tu pedido. No estoy hablando de organizar una cita para ver qué pasa. Te vendo la relación que tu deseas mantener y listo. ¿Me entiendes Karl? -.

- Pues creo que no - acoté. Las noticias sobre la invasión habían terminado así que empecé a prestarle atención a Doris, que cada tanto me dedicaba una sonrisa tan seductora e irresistible que por un momento me hizo olvidar para qué estaba allí. - Mira - seguí - no has venido a mejor puerto a por frutas frescas Charlie. Sabes que detesto todas tus ideas. Siempre lo hice y siempre lo haré. Tu idea me parece imposible de llevar a cabo. Fracasarás estrepitosamente de nuevo. Pero allá tú. Te lo dije las veces anteriores y nunca me prestaste atención. Así que no te deseo suerte, porque sería desperdiciarla -.

- Gracias por tu apoyo Karl -.

- De nada amigo. Doris, ¿nos traes la cuenta? -.

- Claro - dijo Doris.

- Bueno Karl. Debo ir a ver a mi padre para pedirle el dinero. Quiero empezar cuanto antes -.

- No te lo dará. No después de la última vez. Recuerda lo que te dijo... -.

- Oh, siempre dice lo mismo el viejo. Olvídate de él. ¿No querrás ayudarme, verdad? -.

- ¿Acaso no escuchaste ni una palabra de lo que te dije? - le espeté.

- Bueno. Debía intentarlo. Eres mi amigo Karl -.

Llegó Doris con la cuenta, la dejo en la mesa y me la pasó lentamente. Cuando la revisé, me di cuenta que me había anotado en ella su teléfono.

Han pasado 5 años desde aquella vez, y debo reconocer que me equivoqué por completo, que no pude estar más errado. Charlie hoy maneja una cadena de más de 150 sucursales de "Relaciones Inc." a lo largo y ancho del país. Cada mes llega a nuevas ciudades. En la última cotización de la bolsa, su empresa valía 3500 millones. Increíble lo equivocado que estuve. Aunque él también se equivocó en cuanto a lo difícil que es hoy en día relacionarse con alguien. Hace 3 meses nació Amelia, nuestro segundo hijo, de Doris y mío. Año y medio después de aquella mañana en el Rover Inn de la calle 4 nacía John. Mañana nos juntaremos nuevamente a desayunar con Charlie. Claro que esta vez prestaré más atención si me cuenta alguna nueva idea.

LA MUJER DE TU VIDA

La primera vez que la vi le dije:

- ¡Tuya!. -


Ella pegó un drive paralelo impresionante, un passing shot preciso, tan fuerte que el jugador contrario ni vio la pelotita.

Era ciego.

- ¡Correla! - le gritó el ciego a su compañero. Pero por más que éste giró con fuerza las ruedas de su silla de ruedas le fue imposible devolver el golpe supremo de mi compañera.

En aquel torneo perdimos la final y hasta ahora no pudimos encontrarla. Yo jugué de manera magnífica, corriendo todas las pelotas (inclusive las que se estaban jugando en otras canchas) y esto para conquistar a mi pareja (de juego). Era morocha, flaca, linda de cara y sonreía constantemente, incluso cuando en su dulce torpeza se pegaba paletazos en la sien al errar algún smash.

Su nombre era G, aunque,según ella misma me dijera, no era pariente del punto.

Ver correr a G. detrás de alguna pelota era un deleite para mis ojos.

- Vamos, fuerza - decía ella, sentada en el inodoro. Su constancia me abrumaba.

Jugamos juntos por un hecho fortuito: la chica que sería mi pareja se suicidó 15 minutos antes de comenzar el torneo. G. estaba sola y el organizador me dijo con tonito canchero:

- Tengo una hembra para vos...-. Desde ese día es mi proveedor de fichas para antenas colectivas.

- Me llamo C. - le dije al presentarme.

- Ya C. - me contestó ella, haciendo alarde de un fino sentido del humor. Desde aquel momento amé a esa mujer.

Después de ese torneo dejé de verla por un (1) tiempo que a mi me resultó lo más parecido a lo que podría ser la eternidad. Volví a encontrarla en otro torneo de paddle. Al verme, corrió a mis brazos.

- Como te extraño - escuché que me dijo.

Después me aclaró:

- Como, extraño - y se pidió una milanesa caballo.

- Todo este tiempo estuve esperando que me llamaras - me dijo.

- Pero vos no me diste tu teléfono - le contesté. Inmediatamente sacó un Delos de su bolso. - Usalo - me sugirió con tono seductor.

También jugamos juntos aquel torneo por otro hecho fortuito: el chico que debía jugar junto a G. se había arrojado bajo las ruedas de un tren. Dijeron algunos testigos que mientras se tiraba debajo del convoy estaba cantando "señor, yo quiero ver un treeenn..."

Esa noche G. jugó como Nunca. Nunca es una amiga mía oriunda de Zapala. Después del torneo la invité a tomar algo. Fuimos a un boliche. Cuando el mozo nos atendió le dije:

- Tráiganos algo -.

El mozo nos trajo una perinola y un ejemplar del Talmud, edición 1949. Nos divertimos muchísimo y bailamos y reímos y hablamos y nos besamos y nos desvestimos y terminamos haciendo eso que hacen los padres para que papá le plante una semillita a mamá y así crezca el repollo de donde todos venimos, nada más que yo no planté ninguna semillita aquella noche, porque todavía no teníamos la más mínima intención de cosechar ningún tipo de verdura.

Ahora llevamos un total de 7 meses, 3 semanas, 5 días, 16 horas, 58 minutos y 33....34....35....36....37 segundos juntos, pero ¿que te puede importar el tiempo cuando estás con la mujer de tu vida?.

PIRATAS

Amor mío: algo anda mal. El barco, la tripulación, este mar. Perdimos el rumbo hace cientos de años y no logramos regresar al curso original, al plan trazado, a las coordena­das escritas sobre el mapa en aquel puerto del que zarpamos una tarde, una noche, una mañana, cuando el parche todavía cubría bien y la pata de palo nos ayudaba a mantener­nos en pie, aunque más no fuera bailando en una pata (de palo). Los tiempos han cambiado y las termitas están cada vez más difíciles de combatir.

El garfio está oxidado. Se acabó la pintura antióxido y no recuerdo que hayamos subido alguna lata a bordo cuando embarcamos. Tal vez sea un engaño de mi frágil memoria, tan perdida como aquel esquife en el que abandonamos a Urkus y los suyos cuando pretendieron amotinarse blandiendo libros como armas contra nuestros teléfonos inhalámbricos, encabronados como estaban porque decían que los talks shows no son tan buena droga como un pinchazo de cafeína, que deja una resaca que te hace rezar toda la noche de espaldas al Océano Pacífico.

¡Buitres a babor!. Pero...¡tienen trajes, corbatas y reciben órdenes en un aparato que llevan colgado del cinturón!. "Masá­crenlos" reza el último mensaje que han recibido. "Pídanle todas las boletas de impuestos y clausúrenles el bote". Con una hábil y rápida maniobra de escape, una de esas maniobras que solo quienes hemos estado tanto tiempo en altamar podemos hacer, nos escabullimos, al menos hasta la siguiente moratoria.

El clima está enrarecido. Todos se quejan por la música, pero amor mío ¿qué culpa puedo tener si hace tanto que no pasamos por una buena disquería?.

Hemos llegado al meridiano 360º. Pero no volvimos al principio: le siguió el 361º; luego el 362º y así. Algo está mal con esta brújula. ¡Por las barbas del Capitán Nemo!. ¡Te dije que no la compraras en aquel local, que siempre andan de estafa los muy canallas!.

- Son 2 dólares - dice el empleado de algo llamado boya peaje.

- ¿Dólares? - pregunto. No conozco tal palabra.

- Dólares o pesos. Es lo mismo - aclara. Este dato no me sirve de gran ayuda.

- ¿Doblones acepta? -. El tipo pone cara de fastidio.

- Jefe: ¿aceptamos doblones? - dice hablando por un radio.

- No - se escucha una voz que carraspea.

- No - me repite el empleado. Nos dice que debemos tomar la ruta larga. No sabemos cuál es, pero igual la tomamos.

¡La pata cruje!. ¡Bichos del Infierno!. ¡Carcomen la madera, criaturas del Averno!. ¡Por Neptuno!. ¡Carguen los cañones que acabaremos con ellos! (alguien me golpea el hombro mientras dice "capitán, capitán, así no se combate este tipo de insectos". Lo dice con tanta humildad y sapiencia que acepto su consejo y decido no atacar la pata de palo con semejante artillería pesada).


Amor mío: desde el puente, tenemos un paisaje único por su belleza e incomparable por lo monótono. El horizonte está lejos. Pero creo que podremos alcanzarlo. Las velas no serán problema. Las repararemos como hemos hecho tantas veces. Seguirán hinchándose con el viento como lo hacen desde un tiempo tan pero tan largo que ya ni recuerdo cuanto las pagamos. En algún cajón estará la factura. ¡Mandémosela a nuestro contador, por mil tormentas!. Seguro son deducibles de nuestras ganancias.

El teléfono no suena. La tripulación está consternada y a mis comandantes preocupados. Esperamos noticias de nuestros familiares. Entonces nos percatamos que desde hace mucho tiempo no pagamos y tal vez nos hayan cortado la línea. Es que por estos mares no hay bancos donde podamos cancelar nuestras deudas.

Diario del capitán.

Bitácora del barco.

Agenda del viaje.

Guía del estudiante.

Apuntes de la travesía.

Anotación 12-EEE-53 (encriptada): anoche nos cruzamos con sirenas. Pero éstas sirenas no nos atraían con su canto sino que nos espanta­ban con su ulular. Eran los guardacostas. ¡Pretendían abordarnos!. Seguro buscaban drogas. Nos iban a despanzurrar el bote. Con una veloz maniobra logramos esquivarlos, no sin antes cargarnos a una lancha a la que le pegamos un certero cañonazo en la sentina, acabando con todos los tripulantes por el tufo y la pestilencia. Después andan hablando de la ecología.

Anotación AbCd-+++%-%/CCC (encriptada): hoy vimos a Yolander navegando en su nuevo barco. ¡Viejo lobo de mar!. Ya no tiene "El Zargazo". Ahora pilotea un yate con 6 motores que navega como los 1000 diablos. Bailaba en cubierta rodeado de mujeres rubias que no tenían ropa y tomaban una bebida espumante. ¡Qué contento se puso cuando nos vió!. Pero pasó tan rápido a estribor que por poco y nuestra embarcación no da una vuelta campana. ¡El muy ladino!. ¡Aquella nave levantó tal oleaje!. ¡Diantres!. Ahora la tripulación se niega a seguir desplegando velas. Alegan que al menos tienen derecho a una vuelta gratis en jet ski.

Anotación 666-LUZ-Y-FuERza (endiablada): esta altura del mes y no pagamos la cuota del seguro. Espero que no suceda nada. Las finanzas no están como para andar haciendo gastos extras.

Anotación 5B-paralela (encriptación doble): un poli quiso hacernos la boleta. Pero logramos sobornarlo a tiempo. Aceptó una pata de jamón que teníamos guardado en la bodega desde 1821.

Anotación XXX-XXXX-XXXX (entubada): ayer Gígive gritó "¡Tierra, tierra!". Todos fuimos hacia la barandilla de estribor. Pero no vimos nada. Entonces Gígive exclamó nuevamente "¡Tierra, tierra!". Corrimos hacia babor. Pero tampoco vimos nada. "Señor Gígive, ¿ha dicho usted Tierra?" pregunté. "Si señor. ¡Tierra!. Este puesto ¡es un verdadero asco!. ¡Está todo sucio!" contestó Gígive. ¡El muy marica!. No le mandé al carajo pues ya estaba allí. En cambio lo castigué de la siguiente manera: debía correr por cubierta gritando a toda voz "yo no lo voté, ¡juro que no lo voté!" mientras la tripulación le contestaba a coro "no te creemos, no te creemos. Tu si lo votaste así que ¡jódete cabrón!". El castigo resultó ser ejemplar.

Anotación H.I.V. (Hastiados de Izar Velas) (encriptado): la rotisería de a bordo está sirviéndo unos platos que apestan. Todos sabemos como funcionan estas cosas: cuando recién abren la comida es maravillosa. Pero luego de un tiempo empiezan a vender rata en vez de conejo, gato por liebre, las gaseosas no tienen gas, rebajan los jugos con agua, achican las porciones y cobran lo mismo, y a la pizza de roquefort le ponen parmesano. ¡Cómo si no pudiéramos reconocer la diferencia entre los dos malditos quesos!. Junto con los oficiales y la tripulación decidimos boicotear el mal servicio yendo a otra casa de comidas. Pero la medida no surtió efecto: a bordo no hay más rotiserías que esta y tuvimos que volver con la cabeza entre las piernas y la cola gacha a comprar nuestros alimentos allí. Ahora comprendo todo el peso de la palabra "monopo­lio".

Amor mío: este viaje no es lo que esperaba. Algunos marineros están sumamente fastidiosos. Mis comandantes murmuran a mis espaldas. Algo se traen entre manos. Puedo olerlo en el aire como el olor hediondo que despido. Hace meses que no me baño. Y sigo sin conseguir un buen champú para combatir esta caspa que me trae loco.

Acabamos de pasar una boya con un cartel que decía "Buenos Aires: 1050 millas marinas". Pero no nos desviamos. Algunos de mis hombres son ingleses y se pusieron furiosos cuando les comentamos la idea de ir para aquel puerto. Comenzaron a hablar de la "Mano de Dios" y otras cuestiones religiosas que no logré comprender del todo bien.

¡Hoy estamos de suerte!. Allí enfrente hay un Mc Donalds en una plataforma petrolera abandonada de la Exxon.

¿Dije suerte?. Las hamburguesas eran espantosas. Las papas fritas estaban crudas. Las gaseosas sabían rancias. La atención era pésima. Los precios cambiaban según la cara de quién ordenaba. ¡Imagínate!. Ante semejante dislate quisimos irnos sin pagar y los guardias de seguridad nos molieron a palos. Luego nos dimos cuenta porqué el servicio era paupérrimo: la concesión del lugar la tenía un argentino.

Esto de ser pirata me tiene un poco cansado. Quisiera volver a casa, sacarme estos ridículos ropajes y tirarme en el sillón a leer el diario, fumar un buen puro de esos que tengo guardados en mi camarote mientras tu me acaricias y me sirves té. Tal vez ya esté un tanto crecido para andar de correrías. Además este año fue un completo desastre. ¡No logramos abordar ni una sola embarcación como la gente!. ¡Por los siete mares!. Estuvimos tanto tiempo sin hacer ni un abordaje que el día que alcanzamos un barco la mitad de los hombres se estrelló contra el casco de la nave que asaltábamos. Era un crucero y los pasajeros aplaudían creyendo que hacíamos un acto circense. ¡Por Dios!. ¡Como no iban a confundirse si los atacamos en pleno carnaval!. ¡Maldición!. ¡Ni siquiera llegué a gritar "¡al abordajeeeeee!" porque el idiota de Skyriu, apestoso sordo, creyó que había dado la orden de atacar, se lanzó y atrás fue todo el maldito rebaño. La próxima vez usaré un megáfono. Y antes del abordaje, a concentrar toda la noche.

Amor mío: estoy cansado. También desilusionado. Ya no soy aquel viejo lobo de mar. ¡Ni Moby Dick me resulta un libro tan entretenido como me resultaba!. La única película que llevamos a bordo es "La caza al Octubre Rojo" (deseché, por obvias razones, traer "La Sirenita") y tanto los hombres como yo estamos hartos de verla. Una buena noticia: tenemos tono de nuevo. Pero el teléfono sigue sin sonar. Tu no me llamas, no tengo noticias de ti y me pongo como loco; y ya sabés lo que pasa cuando me pongo así. Fijate sino cuanto llevo navegando y esta brújula cada vez funciona peor.

viernes, febrero 24, 2006

UN OSITO DE PELUCHE


- ¡Ramirez!. ¡Ramirez!.

Gimenez llamó, pero Ramirez pareció no escucharlo. O lo escuchó y no quiso contestar. Gimenez empezó a ponerse nervioso. Se afirmó contra el piso.

- ¡Ramirez! - susurró con fuerza. Pero Ramirez seguía sin contestar. Gimenez observó cómo Ramirez se pasaba la mano por la frente, secándose, tal vez, la transpiración. Tenía los ojos abiertos y la mirada parecía perdida en algún lugar no muy lejano.

- Dios... - se quejó Gimenez por lo bajo. Buscó a Sanchez, a Gonzalez y a Martinez, pero no los vió. - Mierda - dijo entre dientes. Se acomodó el casco. - ¿Por qué no me...?. ¡Ramirez! - casi gritó. Ramirez se dió vuelta. Llevaba el terror dibujado en los ojos, el miedo en las pupilas dilatadas, el pánico en los labios retorcidos.

- Gi...Gimenez - murmuró y señaló hacia un punto donde Gimenez no podía ver sin asomarse y delatar su posición.

- Carajo. Que porquería.

Comenzó a moverse lentamente, casi milímetro a milímetro, para ver hacia donde Ramirez seguía señalando insistentemente.

- Gimenez...Gimenez - decía y sacudía su mano hacia ese lugar donde Gimenez no podía ver. El casco de Ramirez se movía y hacia ruido. En medio de tanto silencio, aquello era peligroso.
- Callate Ramirez -. Gimenez se puso un dedo sobre los labios. Ramirez sacudió la cabeza contestando "si". El casco seguía haciendo ruido. - El...puto...casco... -.

Ramirez buscó nervioso la correa bajo su mentón y la ajustó. Gimenez le hizo una señal para que esperara.

- A ver - se dijo a si mismo. Inspiró profundamente. Se movió tan lento como pudo. No quería ser descubierto pero tenía que ver qué era lo que había provocado esa reacción en Ramirez.

- Mierda -.

Serían tan solo 5 centímetros. Puede que 10. Recorrerlos le estaba llevando una eternidad. Ramirez lo miraba asustado, oculto, con la espalda apoyada con fuerza contra la pared, las dos manos estrangulando el fusil.

- 1... - contó Gimenez. - 2 - dijo. - Y...
- ¡Gimenez, eh! - exclamó a sus espaldas Sanchez.
- ¡La puta madre! - insultó asustado Gimenez. - Sanchez y la reputa que te parió. ¿Cómo vas a aparecerte así?.
- Eh...¿y cómo querés que me aparezca, eh?.

Gimenez odiaba esa costumbre que tenía Sanchez de terminar todas sus frases con "eh".

- No se. Pero así no - dijo conteniendo el tono.

Sanchez no se dió por enterado.

- ¿Qué pasa, eh?.

Gimenez señaló a Ramirez, del otro lado.

- Vió algo.
- Mierda - maldijo Sanchez por lo bajo. Se afirmó sobre una rodilla y echó su casco hacia atrás. - Mierda - repitió. Sólo cuando insultaba no terminaba la frase con un eh.
- Si. Una verdadera mierda - respondió Gimenez.

Llegó Gonzalez.

- ¿Qué pasa?. ¿Por qué no se mueven?.

Ramirez hacía señas desde el otro lado.

- Ahí, ahí.
- ¿Qué hay?.
- No sabemos.
- No sabemos...eh.

Gimenez fulminó a Sanchez con la mirada. Después habló con Gonzalez.

- ¿Y Martinez?.
- No se. Perdí contacto hace un rato.
- Mierda.
- Si, mierda. No se donde carajos está...
- ¡Gimenez! -. Los ojos de Ramirez saltaban de sus cuencas. Señalaba nervioso hacia ese punto donde nadie excepto él podía ver con comodidad y sin quedar desprotegido. - ¡Ahí, ahí!.
- ¡Callate que vas a hacer que nos descubran! - ordenó Gimenez.
- Bueno, che, no seas tan duro con el pibe, eh.
- Ay, Dios, cuando terminemos con esto...

Ramirez seguía agarrándose el casco y señalando.

- Bueno...¿quién se asoma? - preguntó Gimenez aunque ya sabía que sería él.

Ni Sanchez ni Gonzalez contestaron.

- Parece que voy a ser yo...de nuevo...otra vez...nuevamente... ¿no?.
- Parece...eh.
- Si...parece...eh - comentó con un dejo de ironía Gimenez. - Ahí voy...la puta que los parió - insultó entre dientes. - Bueno...

Gimenez contó 3 en su cabeza y asomó un ojo, pero no vió nada. Su rostro empezó a aparecer desde atrás de la pared. Miraba, escudriñando velozmente cada rincón. Ramirez lo observaba tenso. Gonzalez y Sanchez, milagrosamente, guardaban silencio.

- No...no veo nada - murmuró Gimenez.
- ¿Eh?.
- Que no veo nada - dijo enojado, dándose vuelta.
- Está bien hermanito, no es para que te pongas así, eh.
- Vos me ponés así.
- Uh...como estamos, ¿eh? - exclamó risueño Sanchez remarcando el último eh. Gonzalez lanzó una pequeña risa.
- Puta... -. Gimenez se asomó nuevamente, esta vez con más confianza.

Desde el otro lado Ramirez lo miraba con terror.

- Mierda...no veo nada che...Este Ram...

De repente una sombra. Menos de medio segundo.

- ¡A la mierda! - exclamó Gimenez echándose atrás tan de golpe que empujó a Sanchez y a Gonzalez que cayeron al piso. - Puta madre. Puta madre. Putisima madre - repetía agitado, arrastrándose hacia atrás.
- ¿Qué...?. ¿Que fue, que fue, eh?.

Gimenez lo miraba asustado.

- No...no se...nada...en realidad...

Desde el otro lado Ramirez hacia mímica con los labios.

- Yo...les...dije...

Gonzalez agarró a Gimenez y lo ayudó a incorporarse.

- ¿Qué viste Gimenez?.
- Nada.
- ¿Cómo que nada, eh?.
- Si...¿como que nada?.

Gimenez inspiró profundamente.

- Vi...vi una...una sombra.
- ¿Una sombra?.
- Si, una som...¿Voy a tener que repetir todo dos veces?. Si digo "vi una sombra", ¿para qué me preguntás "una sombra"?. Si ya te dije que vi una sombra.
- Bueno che...
- ¿Dónde carajos está Martinez? - preguntó cambiando repentinamente de tema.

Gonzalez se encogió de hombros.

- Probá de comunicarte de nuevo.
- ¡Gimenez! - llamó Ramirez.
- ¿Y este ahora qué quiere?.
- ¿Qué querés, eh? - preguntó Sanchez con un grito.

Gimenez le pegó un cachetazo en la nuca.

- ¿Qué hacés, tarado?.
- Uh...perdón, no me di cuenta...eh...
- No te diste cuenta, ¡y por tu culpa nos van a hacer mierda, tarado!.
- Ya le dijiste dos veces tarado, no fue para tanto lo que...

Gimenez escupía fuego por los ojos. Gonzalez decidió que era mejor mantener la boca cerrada.

- ¡Voy para allá! - dijo Ramirez.
- ¿Qué?. No...pará...

Ramirez se asomó durante unos segundos y volvió a apoyarse contra la pared. Cerró los ojos, se mordió los labios, apretó el fusil contra su pecho, sacudió la cabeza.

- Córranse para atrás - ordenó Gimenez cuando se dió cuenta que Ramirez no pensaba cambiar de idea. - Vamos a darle espacio...
- Ahí voy - dijo Ramirez. Se puso en cuatro patas. Luego apoyó su pecho contra el piso. Se asomó una vez más y arrancó.

- ¡Ahí viene, eh!.
- Vamos, vamos - lo animaba Gonzalez.

Ramirez se arrastraba cuerpo a tierra tan rápido como podía, moviendo acompasadamente brazos y piernas, avanzando por la tracción de los hombros y las rodillas.

- Mierda, mierda, mierda - repetía con cada movimiento.
- Dale que falta poco - lo animaba Gimenez.
- ¡Vamos, eh! - sacudía las manos Sanchez.

De repente Ramirez dió vuelta la cara hacia aquel punto donde los otros no podían ver y se quedó duro.

- Putamierdacarajo - murmuró.

Gimenez, Sanchez y Gonzalez también se quedaron duros.

- ¿Qué pasó, qué pasó? - preguntaba Gonzalez.
- Dale, seguí moviéndote. ¡Seguí, eh! - le gritaba Sanchez.
- ¡Apurate! - ordenaba Gimenez. Ya nadie se cuidaba de no gritar.

Ramirez volvió a mirarlos.

- Mar...Martinez - dijo.
- ¿Qué?.
- ¡Martinez! - gritó.
- No...mierda... - dijo Gimenez y se asomó.
- ¿Qué, qué ves?

Gimenez volvió pálido.

- Es...es Martinez.
- ¿Qué...?. A ver...dejenme ver... - dijo Gonzalez mientras empujaba a los otros dos.
- No vayas, eh.
- A ver... -. Gonzalez se asomó. - Mierda - murmuró.
- La concha de la lora - insultó Ramirez con la cara contra el piso.
- ¡Chicos!. ¿Qué dicen?. ¿Dónde aprendieron a decir esas barbaridades?.
- ¡Martinez!.
- ¿Martinez?. ¿Quién es Martinez? - preguntó la mujer parada en la puerta del dormitorio. - ¿Qué es esto Guillermo? - le dijo a su hijo, que estaba en el piso boca abajo.
- Martinez...¿qué hiciste?.
- ¡Es que me hacía pis!.
- ¡Te hacías pis!. Claro...te hacías pis.
- ¡No aguantaba más!. ¡En serio!.
- A ver, ustedes, vengan todos para acá...No se que estaban haciendo, pero ahora, mientras toman la leche, vamos a tener una charla. ¿Qué es eso de andar insultando así?.
- Nada ma...nada...
- Nada no...Vayan todos para abajo. Y después suben para ordenar el desastre que dejaron acá, ¿está claro?.
- Si señora - dijeron todos con la cabeza gacha.
- Será posible...vamos, abajo que se enfría la leche... y las galletitas que acabo de sacar del horno... - concluyó con una sonrisa cómplice.

Los pibes se pararon en seco. De repente sus caras parecían iluminadas por una luz celestial. Todos sonreían.

- ¡Galletitas caseras! - exclamaron y empezaron a bajar la escalera a los empujones desafiándose a ver quién llegaba primero a la cocina.
- Despacio chicos, despacio - ordenó la madre en vano. Es que las galletitas marmoladas de la mamá de Guillermo eran un manjar al que ningún pibe de la cuadra podía resistirse, una delicia a la que ningún pibe del barrio podía negarse.

miércoles, enero 19, 2005

ALGUNAS PERSONAS

- Si, si. Me acuerdo bien del tipo - dijo José, dueño del bar "Las Magnolias", mientras preparaba un cortado doble. - Venía tres veces por semana, siempre puntual para el vermouth - aclaró para más datos.


Cuando Alberto Macías llegaba al bar, cumplía siempre el mismo ritual: se acercaba a la barra y, acodándose, le pedía a José "Gancia con limón. Y no se olvide del hielo". José le preparaba el trago mientras repetía la misma pregunta de cada tarde.


- Aca tiene ¿...? - decía José, esperando la respuesta para terminar su frase.
- Abogado, José. Abogado - contestaba Macías.
- Aca tiene la bebida, "doctor" - concluía entonces José.



El hombre tenía un vaso de whisky. Revolvía la bebida con los dedos. - Yo no vengo todos todos los días - explicaba. - Pero si, ahora que pregunta me acuerdo que lo vi varias veces. Aunque los que más deben saber son los muchachos de la barra, aquellos que están allá, sentados en el rincón, al lado de la ventana - señaló.



Después de recoger su aperitivo, Alberto se sentaba en la mesa con los muchachos de la barra.


- ¿Qué tal querido, como anda ese trabajo...? - preguntaba cualquiera de ellos.
- Abogado, Daniel. No te había comentado. Hoy no me puedo quedar mucho. Mañana tengo que ir a Tribunales. Esta noche tengo que preparar unos escritos - decía, vestido con impecable traje color oscuro en combinación con un attaché negro. Los muchachos estaban acostumbrados. De repente, como solía hacer, Macías se levantaba y disculpándose por tener que irse tan temprano, saludaba a todos con su habitual "hasta la vista".



El mozo apoyó la bandeja y pidió al lavacopas un vaso de agua, antes de seguir hablando.


- Paraba siempre con los muchachos. Parecía buen tipo. ¡Y dejaba unas propinas...!. No fallaba nunca. Aunque su bebida la recogía de la barra. Tenía esa cosa tan rara, ¿no?. Quien sabe...-.
- Muchachos: tengo que irme. Uno de mis clientes quiere que le tenga listos unos números para mañana - dijo Macías, días después de haberse declarado abogado.
- ¿Contador, Alber? - preguntó Coco.
- Contador público nacional. ¿No sabías Coco? -.




- Nosotros lo conocíamos. Ya nos habíamos acostumbrado - explicaba Daniel, uno de los habitués del grupo. - Era increíble. Cada diez, quince días, cambiaba de profesión, así como así. Y lo mejor de todo, el tipo venía acá con papeles, trabajo, instrumental, venía con el material de lo que estuviera haciendo en ese momento. ¿Que fue después de contador? -.




- ¿Martillero público? - preguntó asombrado Luisito.
- Eso mismo - contestó Alberto, después de tomar un trago de Gancia.
- ¿De los que rematan cuadros y esas cosas? -.
- No solo cuadros, Luisito. A veces también se subastan otras cosas - aclaró.
- Martillero - murmuró Luisito, tocándose la barbilla. - Interesante -.
- Si, es un trabajo interesante - dijo Macías. - Claro que también depende del remate. Y hablando de remates, me voy yendo porque mañana tengo uno tempranito. Los dejo muchachos y será hasta la vista - saludó Alberto.



Después de ser abogado, contador y martillero, Alberto Macías se dedicó a la odontología, fue bombero, escribano, atendió como psicoanalista, fue arquitecto, tuvo una inmobiliaria. Todo en el lapso de unas pocas semanas.



- Los muchachos de la barra no lo veíamos afuera del bar. Usted sabrá como son esas cosas. El venía, tomaba su Gancia con limón y hielo, charlábamos sobre fútbol, burros, minas o de laburo. Y él cada vez que cambiaba de profesión hablaba como si realmente supiera del tema. ¡Era una cosa...!. Sino fíjese: Oscar es veterinario y una vuelta viene Alberto diciendo que era veterinario. Y estuvieron charlando como una hora y pico porque Macías había comentado que al día siguiente tenía que operar a un perro, no se qué problema tenía el animal, pero parecía complicado, y se lo dijo a Oscar, porque sabía que era “colega”. Y Oscarcito después nos contaba, impresionadísimo, que al menos por lo que habían charlado, Alberto parecía ser veterinario en serio, porque hablaba del tema y lungo. ¡Era increíble!. Y como a los diez días viene y dice que lo había contratado no se qué empresa para colaborar en los arreglos de un puente que se estaba viniendo abajo, creo que en Rio Negro...¿O era en Chubut?.. No se...en una provincia del sur.... ¡Y agárrese!. Como a la semana aparece Luisito con un diario, no me acuerdo cual, con una foto donde estaba Alberto con un grupo de tipos, todos con cascos. Y al pie de la foto decía los ingenieros tanto, tanto y Macías, encargados de la restauración del puente tal de la provincia cual...¡Era él!. ¿Que me cuenta? - .



- Las clases me están matando - comentó una tarde Alberto.
- ¿Qué clases? - preguntó Coco, mientras pedía otro café.
- Las clases de física nuclear - contestó Alberto. - Me vinieron a buscar de un instituto para ver si les daba unas clases especiales y yo agarré viaje. Ahora que estoy pensando, tendría que preparar el material para la clase de mañana. Así que los voy dejando muchachos. Será hasta la vista - saludó cordialmente como cada vez, no sin antes dejar una suculenta propina.



Ingeniero electrónico, sociólogo, acupunturista, masajista, semiólogo. Tras algunos días cambiaba de ocupación. En cada oportunidad era como si en los últimos años se hubiera dedicado solo a eso y a nada más.


Fue filósofo, enseñó en un colegio primario, dio clases de geografía en una secundaria, trabajó como gerente de marketing en una empresa de lácteos, de creativo en una agencia de publicidad, traductor de inglés, asesor en un banco, diseñador gráfico y tantas otras cosas.



Los muchachos de la barra no lograron precisar duranto cuanto tiempo Macías había estado frecuentando las tardes del bar.


- Y...déjeme pensar. Deben haber sido como tres años, meses más, meses menos - arriesgó Daniel. Todos acordaron que ese era el tiempo aproximado que lo habían visto por allí.
- Si, como unos tres años diría yo - afirmó un poco más seguro Coco. - Tres años. Hasta aquella tarde de Octubre. ¿Se acuerdan muchachos? -.



Esa tarde de Octubre, Alberto Macías llegó a las siete en punto. Pasó por la barra y le pidió a José su trago habitual.


- Acá tiene, doctor - dijo José, sin necesidad de preguntar porque Alberto vestía delantal blanco, llevaba un estetoscopio colgado del cuello y traía un maletín de médico en la mano izquierda.
- Buenas - saludó Macías al llegar a la mesa. - ¿Cómo anda la barra? -.
- Bien, bien - contestó Oscar


Luisito lo miró con cierta curiosidad. - ¿Así que ahora te dedicás a la medicina? - preguntó con tono irónico.


- Si - afirmó Alberto mientras dejaba el maletín a su lado, en una silla que le había acercado otro de los muchachos. - Creí que no llegaba a las 7. Tuve que pasar a ver un paciente de urgencia. Un paciente ... Más bien un "pacientito". 5 años. Vos sabés que me dedico a los pibes - explicó. - Pobrecito. Tendrían que haberlo visto. Tenía como 39 de fiebre. Estaba que volaba. Un susto. Pero después que lo visité, se quedó mucho más tranquilo. ¡Y la mamá también! - sonrió, y levantando su vaso de Gancia, hizo un gesto de "salud" al que algunos muchachos le respondieron.


Alberto había cambiado nuevamente su profesión. Pero a los muchachos no les sorprendía. Todavía no sabían que pensar de aquel compañero de picada. A pesar de aquella charla que tuvo con Oscar, e incluso habiendo visto las fotos del diario, los muchachos de la barra daban por sentado que jamás había sido nada de lo que aseguró ser cada vez.


- ¿En qué hospital estás trabajando? - preguntó Coco.


Alberto dejé su vaso sobre la mesa. Parecía sorprendido.


- No, no, no - respondió enseguida. - Eso lo dejé hace rato. Ya llevo tiempo atendiendo mi propio consultorio. Tomá - dijo mientras sacaba una tarjeta con su nombre, dirección, teléfono y la palabra "pediatra" impresos en ella. Enseguida se fue hacia la barra para pedirse otro Gancia.
En otra de las mesas estaba sentada una señora con sus tres hijos pequeños. El menor de ellos, de unos 4 años de edad bailaba sobre una silla. A pesar de los retos de su madre, zapateaba alegremente mientras cantaba una canción y se movía haciendo gracias. Acodado en la barra, esperando que le sirvieran otro trago, Macías observaba divertido.


- Acá tiene doctor - dijo José. Alberto se dió vuelta para agarrar su vaso y en ese momento se escuchó gritar al niño, que trastabilló y fue derecho al piso de baldosas, mientras su cabeza pegaba contra el borde de una de las mesas. Cayó pesadamente sobre uno de sus brazos. La madre se levantó gritando. Los otros comensales se acercaron de inmediato.


- ¡No lo toquen! - ordenó con firmeza Macías, mientras se abría paso entre las mesas para llegar hasta el nene desmayado. - No, no lo toque señora - le repitió con suavidad a la madre que se deshacía en lágrimas. - Tranquila, tranquila. Soy médico. Déjeme que yo lo reviso -.



Tomó al niño con sumo cuidado, de la manera en que solo un médico podría hacerlo y comenzó a palparlo. Primero le revisó el brazo sobre el que había caído.


- Está bien. No hay fractura - confirmó.


Siguió con el cuello, la cabeza y las piernas.


- Todo bien. Parece no tener nada roto -. El chico seguía sin recuperar el conocimiento.
- Acá se golpeó. Será un chichón nada más -.


La madre se secaba las lágrimas con un pañuelo que Coco le había alcanzado. Todos estaban atentos al desenlace.


- Pero... - murmuró Macías mientras acercaba su oreja a la nariz del niño, que parecía no estar respirando.


Al ver esto la madre esperó lo peor y tuvo un vahído. Los muchachos de la barra le arrimaron una silla y le dieron un vaso de agua, ayudándola a recomponerse.


Alberto dudó un instante. El niño seguía sin respirar. Lo puso en posición de sentado y comenzó a aplicarle palmadas en la espalda. Nada sucedió al principio. Repitió el procedimiento. Imprevistamente, el chico comenzó a toser con mucha fuerza. Macías le puso su mano delante de la boca, mientras devolvía algo. Escupió todo de golpe y se quedó observando a la gente que lo rodeaba, sin enteder.


- ¡Salchichas! - exclamó Alberto mostrando la palma abierta de su mano. Todos en el bar aplaudieron y con grandes sonrisas y dando vivas felicitaron a Macías, estrechándole las manos, mientras le decían "bien doctor" o "muy bueno lo suyo, doc". - ¡Gracias, gracias! - exclamaba la madre emocionada, abrazándolo. El niño no comprendía que estaba pasando. Solo se tocaba el chichón, haciendo una mueca, mezcla de sorpresa y dolor. - Hay que mirar bien donde se baila. ¡Y masticar mejor la comida! - aconsejó Macías al niño, mientras le acariciaba la cabeza. Miró su reloj. - Las 8 y media - dijo. - Me voy yendo muchachos. Ya se me hizo tarde. Mañana temprano tengo que atender en el consultorio. Gracias a todos -. Tomó su maletín, dejó la propina; antes de salir saludó con su habitual "hasta la vista" y se fue.


Desde aquel día nunca más volvieron a ver a Alberto Macías.

jueves, septiembre 02, 2004

CIELO

Pachu está sentado en el escalón, mirando el cielo.

- ¿Qué mirás? - pregunta Martín.

La remera blanca brilla con ese dibujo que le gusta tanto. Está limpia, parece recién planchada.

Pachu no contesta. Señala hacia arriba con una mano.

- Ah.

Martín levanta la vista, haciéndo viscera, mira el cielo.

A Pachu le gustan las zapatillas de Martín.

- ¿Son nuevas? - dice apuntando a los pies de Martín con la nariz.

Martín se mira los pies. Los mueve hacia afuera y hacia adentro, hacia afuera y hacia adentro, hacia afuera y hacia adentro.

- No se. Me las regalaron para mi cumpleaños...no...para Navidad.

- A mi para Navidad me regalaron...eh...uy...no me acuerdo que me regalaron para Navidad.

- No, para mi cumpleaños - repite Martín, inseguro todavía de la fecha del regalo.

Pachu levanta la vista al cielo nuevamente.

- ¿Qué estás mirando? - pregunta Martín de nuevo.

- No se -. Pachu deja de mirar el cielo, se da vuelta y mira a su amigo, sentado junto a él en aquel escalón. - A mi mamá...creo...

Los dos miran el cielo al mismo tiempo.

- ¿La estás viendo ahora?.

- No se.

- ¿Cómo no sabés?.

Pachu se encoge de hombros.

- No, no se - dice y levanta las manos y los hombros. - No se. No tengo...idea, como dicen... -.

- Pero entonces ¿para qué mirás?.

- Para ver si la veo.

Martín se ríe y se tapa la boca.

- "Para ver si la veo" - repite riéndose.

Pachu lo empuja y se ríe.

- Tonto.

- Tonto vos.

- No, tonto vos.

- Vos.

Se hace un silencio.

- Me dijeron que mi mamá está en el cielo - dice y señala para arriba de nuevo, se corre el pelo de la cara y termina bajando la vista al piso.

- ¿En serio?.

- Si - contesta. - Y yo la quiero ver...la quiero ver de nuevo, ¿sabés?...verla un ratito más...una vez más, ¿no?...aunque me vaya a retar por lo que hice con la muñeca de mi hermana esta mañana -. Los ojos se le llenan de lágrimas. Martín lo abraza y Pachu se abraza a él con mucha fuerza.

- Limpiate los mocos acá - le dice ofreciéndole el hombro de la remera blanca, brillante, recién planchada. - Y secate los ojos, sino no vas a ver nada -.

Pachu sonríe.

- Tendríamos que pedirle a Carlos los cosos esos que usa cuando va a allá a ver a los caballos que corren, ¡viste?. ¡Sabés?. ¡Los domingos?. Los caballos que corren... y él los mira así, como de lejos, con esos cosos redondos negros...son grandotes, con vidrios y cosas...como la cosa esa para mirar bichos que tiene tu hermana, la redonda con mango de plástico...los cosos redondos - repite y se pone los dedos alrededor de los ojos.

- ¿Vos estás loco? - dice Pachu y se ríe mientras se pasa las manos por la cara para secarse las lágrimas pegadas en los cachetes.

- No tonto, en serio.

- Tonto vos.

- Tonto vos.

- Vos.

- Vos.

Martín piensa un instante.

- ¡Paracaídas! - exclama de golpe.

Pachu lo mira extrañado.

- Pero vos estás re re loco. El paracaídas es la cosa esa que usan los que saltan de los aviones para no hacerse pomada contra el piso - le dice mostrándole los dedos juntos de la mano. - Estás... - mueve la cabeza de lado a lado, suavemente. - Re re re loco estás.

Martín lo mira unos segundos.

- Cierto. Que tonto.

- Claro, tonto vos.

- No, tonto vos.

- ¡Si vos dijiste "qué tonto"!. Entonces tonto vos.

Martín fulmina a Pachu con la mirada. Pero el que dijo "qué tonto" fue él. Pachu tiene razón. Vencido, se muerde los labios pero no dice nada.

- ¿Tu mamá estará en el cielo?.

Pachu vuelve a encogerse de hombros.

- Creo que si. El tío Julián me dijo eso.

Los dos miran para arriba.

- Pero si está en el cielo... - duda unos segundos. - ¿Podés verla igual si hay nubes?. Hoy está medio nublado, ¿viste?. ¿La podés ver lo mismo?.

- Y...no se - contesta Pachu.

Silencio.

- ¿Estará con mi abuela?.

Pachu lo mira sonriente.

- No se. Mirá...vos también preguntás cada cosa...tu abuela...

Silencio.

- ¿Y los perros van al cielo?. Como la película esa, )la viste?.

- Creo que no, no se...

Silencio.

- Pachu, pero al final vos nunca sabés nada - dice, abraza a su amigo y se quedan juntos mirando el cielo un rato, un rato bien largo.