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domingo, julio 27, 2008

UNA IDEA ESTUPENDA

Debo confesar que cuando Charlie me contó su idea aquella mañana, solo me pareció otra más en una cadena de estúpidas ideas, otro vano intento por inventar algo que lo salvara de su mediocre existencia y lo sacara de un trabajo deplorable que odiaba con todas sus entrañas. Otra imbecilidad como la de los escudriñadores de mujeres, las lectoras de pensamientos o la vajilla autolavable y toda una serie de sandeces que, por supuesto, nunca logró llevar adelante ni hacer que funcionaran.

- ¡Vamos Karl!. Te digo que esta idea es estupenda - me contaba entusiasmado mientras desayunábamos café negro con tocino y huevos (escalfados los míos), y waffles con miel de maple en aquel lugar donde solíamos juntarnos, el Rover Inn en la calle 4, un sitio agradable, de un italoamericano llamado Anthony Minghella, como el director de "The english patient", aunque, como siempre debía aclarar el pobre sujeto, no eran parientes.

La televisión de fondo nos traía noticias de un nuevo bombardeo de nuestros muchachos a alguna asquerosa republiqueta del Tercer Mundo. Charlie estaba insistente. Al menos debo reconocerle eso al pequeño bastardo. Insiste e insiste aunque nunca llegue absolutamente a nada. Es un perdedor absoluto, pero tenaz, eso si.

- Dime Karl - me decía, mientras cortaba el tocino. - ¿Cuánto hace que no mantienes una relación duradera? -.


Su pregunta me tomó por sorpresa, en mitad de un bocado de huevos.


- ¿A qué te refieres con eso Charlie? -.

- Oh, bueno...tú sabes amigo... - dijo y me miró.

Suspiré.

- Bueno...desde Sally, ninguna -.

- ¡Cielo santo amigo! - exclamó.

- Eh...no es tanto tiempo Charlie - me defendí.

- ¿Estás bromeando?. Hace ya 5 años Karl. ¿Como pud...? -.

- Aún no logro olvidarla -.

- No me lo digas a mi Karl. Yo soy quién tiene que aguantarte cuando te agarran esos malditos ataques de llanto cada vez que vamos al cine a ver esas películas que me llevas a ver tu -.

- Creí que las románticas eran tus preferidas Charlie -.

- No Karl. ¡Son las tuyas! -.


Medité aquello un instante.


- Oh - murmuré - Tienes razón -. Charlie llamó a la camarera.

- Cariño, ¿serías tan amable de traernos un poco más de ese delicioso café? -. La camarera dijo "si" con una enorme sonrisa. Era una bella rubia de unos 30 años llamada Doris. Se acercó hasta la mesa, y mientras me servía el café me echó una mirada como para desnudarme.

- ¡¿Qué tal eso?! - bromeó Charlie.

- Oye Charlie: eres un buen amigo y todo, pero me llamaste para contarme otra de tus...bueno...llamésmolas ideas. No tengo todo el tiempo del maldito mundo, así que larga el rollo de una vez, ¿quieres? -.

- De a poco mi buen amigo, de a poco. Hace entonces 5 años que no tienes una relación duradera, ¿verdad? -.

- Cierto. He tenido sexo y además... -.

- Karl, por Dios...esa no es la cuestión -.

- ...además retomé el viejo hábito de la masturbación -.

- Oye, no me interesan tus costumbres onanistas. Sólo te pregunté por tus relaciones serias o duraderas porque esta es mi idea... -.

Tomé mi taza de café y me preparé para escucharlo hablar entusiasmado de alguna torpe idea que nunca llevaría a cabo, que no pondría en práctica y que abandonaría sin más para pasar a otra cosa y así, en unos meses nos encontraríamos de vuelta en el Rover, pidiéndole más café a alguna Jeannie o Minnie o quién diablos estuviera allí.

- Muy bien Karl. Aquí voy. ¿Te has dado cuenta lo difícil que es establecer relaciones en estos días?. Es todo tan complicado, hay tanta desconfianza, miedo a las enfermedades, al fracaso, al rechazo, al maltrato... No eres el único, por cierto, en esa situación. No hablo de mantener solo relaciones sexuales. Aunque es cierto que también ahora los encuentros casuales se han vuelto cada vez más difíciles. Lo reconozco. Los índices de divorcio se van para arriba como las acciones de Microsoft cada vez que Bill saca un nuevo modelo de Windows... -.

- Charlie - dije impaciente.

- Oh, vamos muchacho, tranquilízate, por favor. No nos llevará mucho más tiempo. Todo se enreda. La gente se mira con recelo. Si en el trabajo le preguntas la hora a una subordinada, te acusan de acoso sexual, y si lo haces en la calle, de asalto sexual en 2º grado. Claro, eso si no es una periodista. En ese caso te demandan también por violación de derechos civiles -.

- Charlie - repetí mientras cortaba un waffle.

- Muy bien, muy bien. Ya estoy llegando al centro de la cuestión amigo. Todo esto me hizo pensar... - hizo una pausa en la cuál me causó gracia pensar que Charlie pensara - ...¿qué tal si hubiera otra forma de conseguir relaciones Karl? -.

- ¿Otra forma? - pregunté sin demostrar demasiado interés. La televisión había captado toda mi atención: esas bombas si que podían quemar una población entera en un santiamén.

- Si, otra forma, más práctica, más segura, sin riesgos y con garantía...si Karl, ¡con garantía! -.

Charlie parecía un vendedor de automóviles usados actuando en un infomercial de esos que inundan la televisión de cable, como aquel maldito estafador que intentó venderme un Sedán queriéndome hacer creer que había pertenecido a Sylvester Stallone.

- Este auto perteneció a Silvestre Estaloun - dijo el tipo.

- ¿A Sly? - pregunté entusiasmado -.

- Creo que así le decían, ¿no es verdad? - comentó el vendedor con una sonrisa falsa dibujada en el rostro, ese tipo de sonrisa falsa que solo un vendedor de autos de Ohio puede darte.

- ¿Así que pertenecía a Sylvester Stallone? - murmuré -.

- Tal cual - dijo el tipo. - Era el auto favorito de Silvestre Estaloun -.

Cuando ya estaba casi decidido a hacer la compra se me ocurrió preguntar:

- ¿Estamos hablando del actor? -.

- Si - contestó el tipo dubitativo. - El actor -. Pero algo en sus ojos me pareció sospechoso.

- ¿El que protagonizó Rambo, esa película para maricones? -.

Entonces el tipo se derrumbó.

- ¡No, no, no!. Silvestre Estaloun es un maldito turco al que tuvimos que quitarle el auto porque se atrasaba siempre con sus pagos. ¡Amigo!. Debe ayudarme. Estoy desesperado, si no vendo un asqueroso pedazo de fierro en las próximas dos horas me quedaré sin el premio de fin de mes, y esta vez regalan el juego de vajilla que tanto quiere mi esposa. ¡Ayúdeme por favor! -.

Al final conseguí que el tipo me descontara 800 dólares del precio final y que me regalara un juego de llantas nuevas. No estuvo nada mal, nada mal.


- Charlie, amigo, ¿cuál es la idea?. ¿Me la puedes decir de una maldita vez? - le exigí ofuscado.
- Quiero terminar mi café y mi tocino y seguir viendo las noticias. Nuestros muchachos están haciendo un gran trabajo en aquel país del sur... -.

- Oh, está bien Karl. Está bien. Mira, yo se que no me tienes fe. Lo se. ¿Crees que no te conozco amigo?. ¿Cuántos años hace ya que nos cono cemos Karl? -.

- Muchos Charlie. Tal vez demasiados - dije.

- Está bien amigo, está bien. Comprendo la ironía. Se que nunca me creíste capaz de hacer nada como la gente. Desde niños me lo hiciste notar a cada oportunidad que tuviste -.

- Es que siempre fuiste un bastardo completamente inútil Charlie - le aclaré antes de tomar un trago de jugo de naranja.

- ¿Crees que no lo se?. Oh, amigo, créeme, lo se, lo se. Soy un completo inútil. Siempre lo fui. No, no, no. No lo niegues. Mi padre no deja de marcármelo cada vez que nos encontramos. Me odia. No logro mantener un trabajo por más de 1 año cada vez, siempre estoy sin dinero. Karl, lo se. Y mis dos ex-esposas no dejan de recordármelo cuando me llaman para reclarmarme sus dólares. Pero esta idea será una verdadera bomba amigo -.

- Ok Charlie, si tu lo dices -. Las cámaras de televisión habían entrado a una escuela a la que nuestros muchachos habían atacado con morteros.

- ¿Estás listo?.- Hizo una pausa, intentando crear suspenso antes de largar su nueva y estúpida idea.

- Una cadena de venta de relaciones - me dijo y se quedó mirándome con una sonrisa oligofrénica y los ojos bien abiertos, esperando alguna reacción de mi parte. Pero ya estaba acostumbrado a aquellas tonterías de Charlie y no me sorprendió en lo más mínimo.

- Doris, ¡más café por favor! - dije llamando a la camarera.

- Vamos amigo, no seas así. Dime, ¿qué te parece? -.


Le eché una mirada compasiva.


- Una verdadera mierda -. Pero Charlie, el tenaz bastardo, no se dió por vencido.

- Oh Karl, que pesimista eres. Siempre que te cuento alguna de mis ideas dices lo mismo -.

- Y tú sigues insistiendo - dije mientras Doris me servía café inclinándose de una manera muy sugestiva, dejándome ver apenas el nacimiento de sus pechos, que debo reconocerlo, se veían firmes y amplios debajo de aquel uniforme.

- Claro que lo hago Karl. Eres mi amigo -.


Aquello me enterneció casi hasta las lágrimas. El café estaba muy caliente.


- Bueno Charlie. Debo serte sincero: siempre fuiste un perdedor y siempre lo serás. Para qué negarlo. Eres un fracasado. Nunca triunfarás en nada. Soy tu amigo, es cierto, por eso te lo digo. Ni lo intentes. No llegarás a nada, como en todo lo que has emprendido en tu pusilánime vida. Debo reconocer tu tenacidad, eres un bastardo resistente. Otros a esta altura y con tantos fracasos sobre sus espaldas, se habrían pegado más de un tiro en la cabeza. Pero tú no, y eso es lo que tienes de bueno. Sabes que no lo lograrás, pero igual lo intentas. No puedo decir que te admire Charlie, porque nunca admiraría a un asqueroso inútil como tú. Pero tienes mi simpatía -.

- Bue... no... - dudó Charlie.

- Oye Charlie, somos amigos. ¿Hubieras preferido que no te dijera nada de esto?. No me habría sentido bien. Además me conoces. Sabes que no soy de los tipos que dicen "si, si, claro que si" para quedar bien. ¡Detesto la hipocresía! -.

- Oh, si, ya lo se. Pero podrías tener un poco más de tacto Karl - dijo ya repuesto.

- Si, podría. Pero también te estaría engañando, y ese, tu lo sabes, no es mi estilo -.

- Ya lo se Karl. De todos modos, y aunque no te guste, voy a intentarlo -.

- De acuerdo - dije.

- Mira Karl: sería sencillo. Un comercio que venda relaciones. Entra un cliente y dice "quiero una relación con una mujer inteligente, profesional, que no esté demasiado interesada en el sexo" y y así a cada uno le vendes la relación que desea mantener -.

- Ajá -.

- O una mujer que diga "quiero un marido que al menos me dure más que el anterior" y así, ¿comprendes? -.

- Eh...si, te sigo Charlie -.

- ¿No es genial?. ¡Vamos!. ¡Dime que no es genial!. No más recorrer bares de solteros, deprimentes fiestas, citas a ciegas ni por computadora, presentaciones molestas de amigas de las novias de tus amigos que son unas estúpidas. La gente se volvería loca con algo así -.

- Pero si todas las relaciones fueran tan perfectas, se acabarían todos los problemas de pareja - acoté.

- Oh, no. Para aquellos que quieran una relación conflictiva, también las habrá. Lo que yo proveo es el servicio para que la gente no tenga que buscar esas relaciones. Tu sales del negocio con la relación perfecta de acuerdo a tu pedido. No estoy hablando de organizar una cita para ver qué pasa. Te vendo la relación que tu deseas mantener y listo. ¿Me entiendes Karl? -.

- Pues creo que no - acoté. Las noticias sobre la invasión habían terminado así que empecé a prestarle atención a Doris, que cada tanto me dedicaba una sonrisa tan seductora e irresistible que por un momento me hizo olvidar para qué estaba allí. - Mira - seguí - no has venido a mejor puerto a por frutas frescas Charlie. Sabes que detesto todas tus ideas. Siempre lo hice y siempre lo haré. Tu idea me parece imposible de llevar a cabo. Fracasarás estrepitosamente de nuevo. Pero allá tú. Te lo dije las veces anteriores y nunca me prestaste atención. Así que no te deseo suerte, porque sería desperdiciarla -.

- Gracias por tu apoyo Karl -.

- De nada amigo. Doris, ¿nos traes la cuenta? -.

- Claro - dijo Doris.

- Bueno Karl. Debo ir a ver a mi padre para pedirle el dinero. Quiero empezar cuanto antes -.

- No te lo dará. No después de la última vez. Recuerda lo que te dijo... -.

- Oh, siempre dice lo mismo el viejo. Olvídate de él. ¿No querrás ayudarme, verdad? -.

- ¿Acaso no escuchaste ni una palabra de lo que te dije? - le espeté.

- Bueno. Debía intentarlo. Eres mi amigo Karl -.

Llegó Doris con la cuenta, la dejo en la mesa y me la pasó lentamente. Cuando la revisé, me di cuenta que me había anotado en ella su teléfono.

Han pasado 5 años desde aquella vez, y debo reconocer que me equivoqué por completo, que no pude estar más errado. Charlie hoy maneja una cadena de más de 150 sucursales de "Relaciones Inc." a lo largo y ancho del país. Cada mes llega a nuevas ciudades. En la última cotización de la bolsa, su empresa valía 3500 millones. Increíble lo equivocado que estuve. Aunque él también se equivocó en cuanto a lo difícil que es hoy en día relacionarse con alguien. Hace 3 meses nació Amelia, nuestro segundo hijo, de Doris y mío. Año y medio después de aquella mañana en el Rover Inn de la calle 4 nacía John. Mañana nos juntaremos nuevamente a desayunar con Charlie. Claro que esta vez prestaré más atención si me cuenta alguna nueva idea.

LA MUJER DE TU VIDA

La primera vez que la vi le dije:

- ¡Tuya!. -


Ella pegó un drive paralelo impresionante, un passing shot preciso, tan fuerte que el jugador contrario ni vio la pelotita.

Era ciego.

- ¡Correla! - le gritó el ciego a su compañero. Pero por más que éste giró con fuerza las ruedas de su silla de ruedas le fue imposible devolver el golpe supremo de mi compañera.

En aquel torneo perdimos la final y hasta ahora no pudimos encontrarla. Yo jugué de manera magnífica, corriendo todas las pelotas (inclusive las que se estaban jugando en otras canchas) y esto para conquistar a mi pareja (de juego). Era morocha, flaca, linda de cara y sonreía constantemente, incluso cuando en su dulce torpeza se pegaba paletazos en la sien al errar algún smash.

Su nombre era G, aunque,según ella misma me dijera, no era pariente del punto.

Ver correr a G. detrás de alguna pelota era un deleite para mis ojos.

- Vamos, fuerza - decía ella, sentada en el inodoro. Su constancia me abrumaba.

Jugamos juntos por un hecho fortuito: la chica que sería mi pareja se suicidó 15 minutos antes de comenzar el torneo. G. estaba sola y el organizador me dijo con tonito canchero:

- Tengo una hembra para vos...-. Desde ese día es mi proveedor de fichas para antenas colectivas.

- Me llamo C. - le dije al presentarme.

- Ya C. - me contestó ella, haciendo alarde de un fino sentido del humor. Desde aquel momento amé a esa mujer.

Después de ese torneo dejé de verla por un (1) tiempo que a mi me resultó lo más parecido a lo que podría ser la eternidad. Volví a encontrarla en otro torneo de paddle. Al verme, corrió a mis brazos.

- Como te extraño - escuché que me dijo.

Después me aclaró:

- Como, extraño - y se pidió una milanesa caballo.

- Todo este tiempo estuve esperando que me llamaras - me dijo.

- Pero vos no me diste tu teléfono - le contesté. Inmediatamente sacó un Delos de su bolso. - Usalo - me sugirió con tono seductor.

También jugamos juntos aquel torneo por otro hecho fortuito: el chico que debía jugar junto a G. se había arrojado bajo las ruedas de un tren. Dijeron algunos testigos que mientras se tiraba debajo del convoy estaba cantando "señor, yo quiero ver un treeenn..."

Esa noche G. jugó como Nunca. Nunca es una amiga mía oriunda de Zapala. Después del torneo la invité a tomar algo. Fuimos a un boliche. Cuando el mozo nos atendió le dije:

- Tráiganos algo -.

El mozo nos trajo una perinola y un ejemplar del Talmud, edición 1949. Nos divertimos muchísimo y bailamos y reímos y hablamos y nos besamos y nos desvestimos y terminamos haciendo eso que hacen los padres para que papá le plante una semillita a mamá y así crezca el repollo de donde todos venimos, nada más que yo no planté ninguna semillita aquella noche, porque todavía no teníamos la más mínima intención de cosechar ningún tipo de verdura.

Ahora llevamos un total de 7 meses, 3 semanas, 5 días, 16 horas, 58 minutos y 33....34....35....36....37 segundos juntos, pero ¿que te puede importar el tiempo cuando estás con la mujer de tu vida?.

PIRATAS

Amor mío: algo anda mal. El barco, la tripulación, este mar. Perdimos el rumbo hace cientos de años y no logramos regresar al curso original, al plan trazado, a las coordena­das escritas sobre el mapa en aquel puerto del que zarpamos una tarde, una noche, una mañana, cuando el parche todavía cubría bien y la pata de palo nos ayudaba a mantener­nos en pie, aunque más no fuera bailando en una pata (de palo). Los tiempos han cambiado y las termitas están cada vez más difíciles de combatir.

El garfio está oxidado. Se acabó la pintura antióxido y no recuerdo que hayamos subido alguna lata a bordo cuando embarcamos. Tal vez sea un engaño de mi frágil memoria, tan perdida como aquel esquife en el que abandonamos a Urkus y los suyos cuando pretendieron amotinarse blandiendo libros como armas contra nuestros teléfonos inhalámbricos, encabronados como estaban porque decían que los talks shows no son tan buena droga como un pinchazo de cafeína, que deja una resaca que te hace rezar toda la noche de espaldas al Océano Pacífico.

¡Buitres a babor!. Pero...¡tienen trajes, corbatas y reciben órdenes en un aparato que llevan colgado del cinturón!. "Masá­crenlos" reza el último mensaje que han recibido. "Pídanle todas las boletas de impuestos y clausúrenles el bote". Con una hábil y rápida maniobra de escape, una de esas maniobras que solo quienes hemos estado tanto tiempo en altamar podemos hacer, nos escabullimos, al menos hasta la siguiente moratoria.

El clima está enrarecido. Todos se quejan por la música, pero amor mío ¿qué culpa puedo tener si hace tanto que no pasamos por una buena disquería?.

Hemos llegado al meridiano 360º. Pero no volvimos al principio: le siguió el 361º; luego el 362º y así. Algo está mal con esta brújula. ¡Por las barbas del Capitán Nemo!. ¡Te dije que no la compraras en aquel local, que siempre andan de estafa los muy canallas!.

- Son 2 dólares - dice el empleado de algo llamado boya peaje.

- ¿Dólares? - pregunto. No conozco tal palabra.

- Dólares o pesos. Es lo mismo - aclara. Este dato no me sirve de gran ayuda.

- ¿Doblones acepta? -. El tipo pone cara de fastidio.

- Jefe: ¿aceptamos doblones? - dice hablando por un radio.

- No - se escucha una voz que carraspea.

- No - me repite el empleado. Nos dice que debemos tomar la ruta larga. No sabemos cuál es, pero igual la tomamos.

¡La pata cruje!. ¡Bichos del Infierno!. ¡Carcomen la madera, criaturas del Averno!. ¡Por Neptuno!. ¡Carguen los cañones que acabaremos con ellos! (alguien me golpea el hombro mientras dice "capitán, capitán, así no se combate este tipo de insectos". Lo dice con tanta humildad y sapiencia que acepto su consejo y decido no atacar la pata de palo con semejante artillería pesada).


Amor mío: desde el puente, tenemos un paisaje único por su belleza e incomparable por lo monótono. El horizonte está lejos. Pero creo que podremos alcanzarlo. Las velas no serán problema. Las repararemos como hemos hecho tantas veces. Seguirán hinchándose con el viento como lo hacen desde un tiempo tan pero tan largo que ya ni recuerdo cuanto las pagamos. En algún cajón estará la factura. ¡Mandémosela a nuestro contador, por mil tormentas!. Seguro son deducibles de nuestras ganancias.

El teléfono no suena. La tripulación está consternada y a mis comandantes preocupados. Esperamos noticias de nuestros familiares. Entonces nos percatamos que desde hace mucho tiempo no pagamos y tal vez nos hayan cortado la línea. Es que por estos mares no hay bancos donde podamos cancelar nuestras deudas.

Diario del capitán.

Bitácora del barco.

Agenda del viaje.

Guía del estudiante.

Apuntes de la travesía.

Anotación 12-EEE-53 (encriptada): anoche nos cruzamos con sirenas. Pero éstas sirenas no nos atraían con su canto sino que nos espanta­ban con su ulular. Eran los guardacostas. ¡Pretendían abordarnos!. Seguro buscaban drogas. Nos iban a despanzurrar el bote. Con una veloz maniobra logramos esquivarlos, no sin antes cargarnos a una lancha a la que le pegamos un certero cañonazo en la sentina, acabando con todos los tripulantes por el tufo y la pestilencia. Después andan hablando de la ecología.

Anotación AbCd-+++%-%/CCC (encriptada): hoy vimos a Yolander navegando en su nuevo barco. ¡Viejo lobo de mar!. Ya no tiene "El Zargazo". Ahora pilotea un yate con 6 motores que navega como los 1000 diablos. Bailaba en cubierta rodeado de mujeres rubias que no tenían ropa y tomaban una bebida espumante. ¡Qué contento se puso cuando nos vió!. Pero pasó tan rápido a estribor que por poco y nuestra embarcación no da una vuelta campana. ¡El muy ladino!. ¡Aquella nave levantó tal oleaje!. ¡Diantres!. Ahora la tripulación se niega a seguir desplegando velas. Alegan que al menos tienen derecho a una vuelta gratis en jet ski.

Anotación 666-LUZ-Y-FuERza (endiablada): esta altura del mes y no pagamos la cuota del seguro. Espero que no suceda nada. Las finanzas no están como para andar haciendo gastos extras.

Anotación 5B-paralela (encriptación doble): un poli quiso hacernos la boleta. Pero logramos sobornarlo a tiempo. Aceptó una pata de jamón que teníamos guardado en la bodega desde 1821.

Anotación XXX-XXXX-XXXX (entubada): ayer Gígive gritó "¡Tierra, tierra!". Todos fuimos hacia la barandilla de estribor. Pero no vimos nada. Entonces Gígive exclamó nuevamente "¡Tierra, tierra!". Corrimos hacia babor. Pero tampoco vimos nada. "Señor Gígive, ¿ha dicho usted Tierra?" pregunté. "Si señor. ¡Tierra!. Este puesto ¡es un verdadero asco!. ¡Está todo sucio!" contestó Gígive. ¡El muy marica!. No le mandé al carajo pues ya estaba allí. En cambio lo castigué de la siguiente manera: debía correr por cubierta gritando a toda voz "yo no lo voté, ¡juro que no lo voté!" mientras la tripulación le contestaba a coro "no te creemos, no te creemos. Tu si lo votaste así que ¡jódete cabrón!". El castigo resultó ser ejemplar.

Anotación H.I.V. (Hastiados de Izar Velas) (encriptado): la rotisería de a bordo está sirviéndo unos platos que apestan. Todos sabemos como funcionan estas cosas: cuando recién abren la comida es maravillosa. Pero luego de un tiempo empiezan a vender rata en vez de conejo, gato por liebre, las gaseosas no tienen gas, rebajan los jugos con agua, achican las porciones y cobran lo mismo, y a la pizza de roquefort le ponen parmesano. ¡Cómo si no pudiéramos reconocer la diferencia entre los dos malditos quesos!. Junto con los oficiales y la tripulación decidimos boicotear el mal servicio yendo a otra casa de comidas. Pero la medida no surtió efecto: a bordo no hay más rotiserías que esta y tuvimos que volver con la cabeza entre las piernas y la cola gacha a comprar nuestros alimentos allí. Ahora comprendo todo el peso de la palabra "monopo­lio".

Amor mío: este viaje no es lo que esperaba. Algunos marineros están sumamente fastidiosos. Mis comandantes murmuran a mis espaldas. Algo se traen entre manos. Puedo olerlo en el aire como el olor hediondo que despido. Hace meses que no me baño. Y sigo sin conseguir un buen champú para combatir esta caspa que me trae loco.

Acabamos de pasar una boya con un cartel que decía "Buenos Aires: 1050 millas marinas". Pero no nos desviamos. Algunos de mis hombres son ingleses y se pusieron furiosos cuando les comentamos la idea de ir para aquel puerto. Comenzaron a hablar de la "Mano de Dios" y otras cuestiones religiosas que no logré comprender del todo bien.

¡Hoy estamos de suerte!. Allí enfrente hay un Mc Donalds en una plataforma petrolera abandonada de la Exxon.

¿Dije suerte?. Las hamburguesas eran espantosas. Las papas fritas estaban crudas. Las gaseosas sabían rancias. La atención era pésima. Los precios cambiaban según la cara de quién ordenaba. ¡Imagínate!. Ante semejante dislate quisimos irnos sin pagar y los guardias de seguridad nos molieron a palos. Luego nos dimos cuenta porqué el servicio era paupérrimo: la concesión del lugar la tenía un argentino.

Esto de ser pirata me tiene un poco cansado. Quisiera volver a casa, sacarme estos ridículos ropajes y tirarme en el sillón a leer el diario, fumar un buen puro de esos que tengo guardados en mi camarote mientras tu me acaricias y me sirves té. Tal vez ya esté un tanto crecido para andar de correrías. Además este año fue un completo desastre. ¡No logramos abordar ni una sola embarcación como la gente!. ¡Por los siete mares!. Estuvimos tanto tiempo sin hacer ni un abordaje que el día que alcanzamos un barco la mitad de los hombres se estrelló contra el casco de la nave que asaltábamos. Era un crucero y los pasajeros aplaudían creyendo que hacíamos un acto circense. ¡Por Dios!. ¡Como no iban a confundirse si los atacamos en pleno carnaval!. ¡Maldición!. ¡Ni siquiera llegué a gritar "¡al abordajeeeeee!" porque el idiota de Skyriu, apestoso sordo, creyó que había dado la orden de atacar, se lanzó y atrás fue todo el maldito rebaño. La próxima vez usaré un megáfono. Y antes del abordaje, a concentrar toda la noche.

Amor mío: estoy cansado. También desilusionado. Ya no soy aquel viejo lobo de mar. ¡Ni Moby Dick me resulta un libro tan entretenido como me resultaba!. La única película que llevamos a bordo es "La caza al Octubre Rojo" (deseché, por obvias razones, traer "La Sirenita") y tanto los hombres como yo estamos hartos de verla. Una buena noticia: tenemos tono de nuevo. Pero el teléfono sigue sin sonar. Tu no me llamas, no tengo noticias de ti y me pongo como loco; y ya sabés lo que pasa cuando me pongo así. Fijate sino cuanto llevo navegando y esta brújula cada vez funciona peor.

viernes, febrero 24, 2006

UN OSITO DE PELUCHE


- ¡Ramirez!. ¡Ramirez!.

Gimenez llamó, pero Ramirez pareció no escucharlo. O lo escuchó y no quiso contestar. Gimenez empezó a ponerse nervioso. Se afirmó contra el piso.

- ¡Ramirez! - susurró con fuerza. Pero Ramirez seguía sin contestar. Gimenez observó cómo Ramirez se pasaba la mano por la frente, secándose, tal vez, la transpiración. Tenía los ojos abiertos y la mirada parecía perdida en algún lugar no muy lejano.

- Dios... - se quejó Gimenez por lo bajo. Buscó a Sanchez, a Gonzalez y a Martinez, pero no los vió. - Mierda - dijo entre dientes. Se acomodó el casco. - ¿Por qué no me...?. ¡Ramirez! - casi gritó. Ramirez se dió vuelta. Llevaba el terror dibujado en los ojos, el miedo en las pupilas dilatadas, el pánico en los labios retorcidos.

- Gi...Gimenez - murmuró y señaló hacia un punto donde Gimenez no podía ver sin asomarse y delatar su posición.

- Carajo. Que porquería.

Comenzó a moverse lentamente, casi milímetro a milímetro, para ver hacia donde Ramirez seguía señalando insistentemente.

- Gimenez...Gimenez - decía y sacudía su mano hacia ese lugar donde Gimenez no podía ver. El casco de Ramirez se movía y hacia ruido. En medio de tanto silencio, aquello era peligroso.
- Callate Ramirez -. Gimenez se puso un dedo sobre los labios. Ramirez sacudió la cabeza contestando "si". El casco seguía haciendo ruido. - El...puto...casco... -.

Ramirez buscó nervioso la correa bajo su mentón y la ajustó. Gimenez le hizo una señal para que esperara.

- A ver - se dijo a si mismo. Inspiró profundamente. Se movió tan lento como pudo. No quería ser descubierto pero tenía que ver qué era lo que había provocado esa reacción en Ramirez.

- Mierda -.

Serían tan solo 5 centímetros. Puede que 10. Recorrerlos le estaba llevando una eternidad. Ramirez lo miraba asustado, oculto, con la espalda apoyada con fuerza contra la pared, las dos manos estrangulando el fusil.

- 1... - contó Gimenez. - 2 - dijo. - Y...
- ¡Gimenez, eh! - exclamó a sus espaldas Sanchez.
- ¡La puta madre! - insultó asustado Gimenez. - Sanchez y la reputa que te parió. ¿Cómo vas a aparecerte así?.
- Eh...¿y cómo querés que me aparezca, eh?.

Gimenez odiaba esa costumbre que tenía Sanchez de terminar todas sus frases con "eh".

- No se. Pero así no - dijo conteniendo el tono.

Sanchez no se dió por enterado.

- ¿Qué pasa, eh?.

Gimenez señaló a Ramirez, del otro lado.

- Vió algo.
- Mierda - maldijo Sanchez por lo bajo. Se afirmó sobre una rodilla y echó su casco hacia atrás. - Mierda - repitió. Sólo cuando insultaba no terminaba la frase con un eh.
- Si. Una verdadera mierda - respondió Gimenez.

Llegó Gonzalez.

- ¿Qué pasa?. ¿Por qué no se mueven?.

Ramirez hacía señas desde el otro lado.

- Ahí, ahí.
- ¿Qué hay?.
- No sabemos.
- No sabemos...eh.

Gimenez fulminó a Sanchez con la mirada. Después habló con Gonzalez.

- ¿Y Martinez?.
- No se. Perdí contacto hace un rato.
- Mierda.
- Si, mierda. No se donde carajos está...
- ¡Gimenez! -. Los ojos de Ramirez saltaban de sus cuencas. Señalaba nervioso hacia ese punto donde nadie excepto él podía ver con comodidad y sin quedar desprotegido. - ¡Ahí, ahí!.
- ¡Callate que vas a hacer que nos descubran! - ordenó Gimenez.
- Bueno, che, no seas tan duro con el pibe, eh.
- Ay, Dios, cuando terminemos con esto...

Ramirez seguía agarrándose el casco y señalando.

- Bueno...¿quién se asoma? - preguntó Gimenez aunque ya sabía que sería él.

Ni Sanchez ni Gonzalez contestaron.

- Parece que voy a ser yo...de nuevo...otra vez...nuevamente... ¿no?.
- Parece...eh.
- Si...parece...eh - comentó con un dejo de ironía Gimenez. - Ahí voy...la puta que los parió - insultó entre dientes. - Bueno...

Gimenez contó 3 en su cabeza y asomó un ojo, pero no vió nada. Su rostro empezó a aparecer desde atrás de la pared. Miraba, escudriñando velozmente cada rincón. Ramirez lo observaba tenso. Gonzalez y Sanchez, milagrosamente, guardaban silencio.

- No...no veo nada - murmuró Gimenez.
- ¿Eh?.
- Que no veo nada - dijo enojado, dándose vuelta.
- Está bien hermanito, no es para que te pongas así, eh.
- Vos me ponés así.
- Uh...como estamos, ¿eh? - exclamó risueño Sanchez remarcando el último eh. Gonzalez lanzó una pequeña risa.
- Puta... -. Gimenez se asomó nuevamente, esta vez con más confianza.

Desde el otro lado Ramirez lo miraba con terror.

- Mierda...no veo nada che...Este Ram...

De repente una sombra. Menos de medio segundo.

- ¡A la mierda! - exclamó Gimenez echándose atrás tan de golpe que empujó a Sanchez y a Gonzalez que cayeron al piso. - Puta madre. Puta madre. Putisima madre - repetía agitado, arrastrándose hacia atrás.
- ¿Qué...?. ¿Que fue, que fue, eh?.

Gimenez lo miraba asustado.

- No...no se...nada...en realidad...

Desde el otro lado Ramirez hacia mímica con los labios.

- Yo...les...dije...

Gonzalez agarró a Gimenez y lo ayudó a incorporarse.

- ¿Qué viste Gimenez?.
- Nada.
- ¿Cómo que nada, eh?.
- Si...¿como que nada?.

Gimenez inspiró profundamente.

- Vi...vi una...una sombra.
- ¿Una sombra?.
- Si, una som...¿Voy a tener que repetir todo dos veces?. Si digo "vi una sombra", ¿para qué me preguntás "una sombra"?. Si ya te dije que vi una sombra.
- Bueno che...
- ¿Dónde carajos está Martinez? - preguntó cambiando repentinamente de tema.

Gonzalez se encogió de hombros.

- Probá de comunicarte de nuevo.
- ¡Gimenez! - llamó Ramirez.
- ¿Y este ahora qué quiere?.
- ¿Qué querés, eh? - preguntó Sanchez con un grito.

Gimenez le pegó un cachetazo en la nuca.

- ¿Qué hacés, tarado?.
- Uh...perdón, no me di cuenta...eh...
- No te diste cuenta, ¡y por tu culpa nos van a hacer mierda, tarado!.
- Ya le dijiste dos veces tarado, no fue para tanto lo que...

Gimenez escupía fuego por los ojos. Gonzalez decidió que era mejor mantener la boca cerrada.

- ¡Voy para allá! - dijo Ramirez.
- ¿Qué?. No...pará...

Ramirez se asomó durante unos segundos y volvió a apoyarse contra la pared. Cerró los ojos, se mordió los labios, apretó el fusil contra su pecho, sacudió la cabeza.

- Córranse para atrás - ordenó Gimenez cuando se dió cuenta que Ramirez no pensaba cambiar de idea. - Vamos a darle espacio...
- Ahí voy - dijo Ramirez. Se puso en cuatro patas. Luego apoyó su pecho contra el piso. Se asomó una vez más y arrancó.

- ¡Ahí viene, eh!.
- Vamos, vamos - lo animaba Gonzalez.

Ramirez se arrastraba cuerpo a tierra tan rápido como podía, moviendo acompasadamente brazos y piernas, avanzando por la tracción de los hombros y las rodillas.

- Mierda, mierda, mierda - repetía con cada movimiento.
- Dale que falta poco - lo animaba Gimenez.
- ¡Vamos, eh! - sacudía las manos Sanchez.

De repente Ramirez dió vuelta la cara hacia aquel punto donde los otros no podían ver y se quedó duro.

- Putamierdacarajo - murmuró.

Gimenez, Sanchez y Gonzalez también se quedaron duros.

- ¿Qué pasó, qué pasó? - preguntaba Gonzalez.
- Dale, seguí moviéndote. ¡Seguí, eh! - le gritaba Sanchez.
- ¡Apurate! - ordenaba Gimenez. Ya nadie se cuidaba de no gritar.

Ramirez volvió a mirarlos.

- Mar...Martinez - dijo.
- ¿Qué?.
- ¡Martinez! - gritó.
- No...mierda... - dijo Gimenez y se asomó.
- ¿Qué, qué ves?

Gimenez volvió pálido.

- Es...es Martinez.
- ¿Qué...?. A ver...dejenme ver... - dijo Gonzalez mientras empujaba a los otros dos.
- No vayas, eh.
- A ver... -. Gonzalez se asomó. - Mierda - murmuró.
- La concha de la lora - insultó Ramirez con la cara contra el piso.
- ¡Chicos!. ¿Qué dicen?. ¿Dónde aprendieron a decir esas barbaridades?.
- ¡Martinez!.
- ¿Martinez?. ¿Quién es Martinez? - preguntó la mujer parada en la puerta del dormitorio. - ¿Qué es esto Guillermo? - le dijo a su hijo, que estaba en el piso boca abajo.
- Martinez...¿qué hiciste?.
- ¡Es que me hacía pis!.
- ¡Te hacías pis!. Claro...te hacías pis.
- ¡No aguantaba más!. ¡En serio!.
- A ver, ustedes, vengan todos para acá...No se que estaban haciendo, pero ahora, mientras toman la leche, vamos a tener una charla. ¿Qué es eso de andar insultando así?.
- Nada ma...nada...
- Nada no...Vayan todos para abajo. Y después suben para ordenar el desastre que dejaron acá, ¿está claro?.
- Si señora - dijeron todos con la cabeza gacha.
- Será posible...vamos, abajo que se enfría la leche... y las galletitas que acabo de sacar del horno... - concluyó con una sonrisa cómplice.

Los pibes se pararon en seco. De repente sus caras parecían iluminadas por una luz celestial. Todos sonreían.

- ¡Galletitas caseras! - exclamaron y empezaron a bajar la escalera a los empujones desafiándose a ver quién llegaba primero a la cocina.
- Despacio chicos, despacio - ordenó la madre en vano. Es que las galletitas marmoladas de la mamá de Guillermo eran un manjar al que ningún pibe de la cuadra podía resistirse, una delicia a la que ningún pibe del barrio podía negarse.

jueves, septiembre 02, 2004

A LA HORA DEL DESAYUNO

(Parte IV de "A la hora del almuerzo")

Hace una semana que todo pasó. La policía no tiene idea sobre lo que sucedió aquel sábado por la noche, pero aprovechó la movida para caerle encima a la mafia china. Irónicamente, resultó que SI existía una conspiración para vender alimentos en mal estado y así ir minando nuestra salud. ¡Vaya suerte!. Terminé siendo un verdadero héroe. Uno de esos héroes que no puede ufanarse de sus actos heróicos...

Por mi departamento cobré un buen seguro. Nadie investigó nada. Concluyeron que se trató una pérdida de gas y pasaron al tema siguiente.

La justicia, por supuesto, no hará nada. Igual, no me importa. Ya fui juzgado en el programa de Mauro. Me declararon inocente por 2758 llamados telefónicos contra 103 de culpable. ¡Eso es justicia!

Gracias a un llamado oportuno, aquella noche de la redada en lo de La Curva además de Perú se salvó Pamela.

- Te debo mi vida - me dijo cuando la volví a llamar. - ¿Cómo puedo pagarte? -.

- Vos sabés - dije.

Hace 6 días que estamos encerrados en lo de Daniel cogiendo sin parar. Pamela es insaciable. Yo también. Con los 6 meses que llevaba sin ponerla...

Pasado mañana me voy para Tres Arroyos. Dicen que allá no hay muchos

supermercados. Mejor. Tal vez instale uno...

martes, agosto 10, 2004

A LA HORA DE LA CENA

(Parte III de "A la hora del almuerzo")

Lo más importante era poner a Lilu y su GRAN panza a salvo. Si no lograba esto, no podría llevar adelante mi tarea. Los chinos nos vigilaban, ace­chándonos desde las sombras, espiándonos con sus ojos excedidos de liftings. Podía sentir ese aroma rancio que despiden de no bañarse jamás.

Tenían soplones en el edificio. No podía contar ni con Raquel ni con Toti ni con los demás. Me dejaron solo y en su momento pagarían por ello, acompañando a los amarillos en su viaje al fondo del pozo.

Ocupé uno de los departamentos del edificio abandonado frente al supermercado de los chinos. El fondo daba a la casa de mi amigo Daniel. Sin preguntarme porqué, se encargó de comprar víveres enlatados, botellas de agua mineral, un colchón, una almohada, papel higiénico y toda la colección de Asterix y Lucky Luke por mi. Noche por medio lo visitaba, saltaba la medianera e iba acomodando todo en mi escondite.

Pasaron varios días antes que encontrara la manera de sacar a Lilu de la casa para mandarla a un lugar seguro sin que los ojos rasgados se dieran cuenta. La solución llegó con la muerte de la señora del 3 C. Nos dió una mano enorme al sufrir un infarto masivo del miocardio. Se lo merecía. Me ahorró el trabajo. También estaba en mi lista.

Un primo de Miguel manejaba la ambulancia que vino a recoger el cadáver de la mujer. Por 50 pesos accedió a llevarse a Lilu. Debía dejarla en Constitu­ción. Ella tomaría el tren a Mar del Plata, donde vive el hermano con su familia y todos se irían al campo de unos amigos en Tres Arroyos. Me llamaría al almacén de enfrente al negocio para avisarme que habían llegado bien. Mis líneas telefónicas ya no eran seguras.

Una de las noches al llegar al departamento abandonado me encontré con un remo para ejercitarme y calmar los nervios en las largas horas que pasaría vigilando a los amigos de Pekín. Daniel lo dejó allí sin decir nada. Es un tipo silencioso pero inteligente. Ya buscaría la forma de agradecérselo cuando todo acabara.

Muy pronto los sobrinos de Brehznev estarían bailando junto a su padre, Mao el rojo.

El contacto para comprar las armas lo hizo un amigo del primo de Miguel que es policía de la Provincia. Luego de escabullirme de los hígado enfermo, fui en auto hasta la esquina que me habían indicado, a dos cuadras de la villa del Bajo Flores. Me dijeron que fuera puntual y lo fui.

Llegué al lugar de encuentro a las 10 en punto. Hice juego de luces dos veces, esperé, otras dos veces más, prendí la luz de giro izquierda, la apagué y esperé. Desde la oscuridad apareció un morocho que vestía jean, zapatillas y remera blanca. Traía un cigarrillo apagado en una de las orejas y un ojo cruzado por una cicatriz. Se apoyó en la ventanilla del acompañante, inundando el auto de olor a colonia de prostíbulo.

- Mi nombre es Perú - dijo.

- No es mi culpa - sugerí.

Se quedó sorprendido. Empezó a medirme.

- Arruinás el trato que quiero cerrar con tu jefe y te empareja los ojos -.

Lo pensó un instante. Prendió el cigarrillo.

- Al que me prestó el auto no le gusta que fumen adentro - dije.

- Lo siento por vos - contestó. - Vas a tener que ventilarlo muy bien -.

Nos internamos en la villa. No tenía porqué preocuparme. Nadie se atrevería a tocarme mientras estuviera con Perú o cualquier otro de los hombres de La Curva, el que me vendería las armas.

Al doblar una esquina nos encontramos con una mansión emplazada entre decenas de casillas de lata, cartón y rejuntes. Habían 5 ó 6 tipos haciendo guardia, aunque me pareció que algunos micos del zoológico lo harían mejor por unas pocas bananas.

- ¡Qué puntualidad! - exclamó La Curva cuando entré al enorme salón en el que estaba cenando. En un rincón había tres putas fumando y mirando a todo volumen "Polémica en el bar" en un televisor de 33 pulgadas.

- ¡Bajen esa mierda! - ordenó La Curva. - Tenemos invitados -. Las putas hicieron caso de mala gana.

- Por favor, sentante - me invitó. - ¿Querés tomar algo?. ¿Un vino?. ¿Whisky?. ¿Cerveza? -.

- Agua mineral - pedí. Perú se rió a mis espaldas. Aquella burla colmó mi paciencia. Sin siquiera mirarlo, dije:

- Acercate un poquito -.

Se paró a mi lado. No le di tiempo a nada. Lo agarré del cuello y le partí la nariz contra la mesa. Cayó al piso con la cara cubierta de sangre. La Curva dejó el tenedor en el plato

"¡Buen tempo!"

exclamó

"¡Sáquenlo!"

dijo a algunos de sus hombres y siguió cenando. Las putas apenas si prestaron atención al incidente.

- Un arsenal impresionante el que querés comprar - comentó La Curva.

- Puede ser. Me dicen que usted es el mejor. Supongo que no tendrá problema en conseguir todas las piezas -.

- Ninguno. Tutéame por favor -.

- Bien. Si puedo tutearte, tengo que decirte que hay una condición para cerrar el trato -.

La Curva dejó de comer.

- ¿¡Condición?!. ¡Ninguna condición!. Consigo la mercancía, vos pagás. Esas son todas las condiciones -.

- No te enojés, Curvita. La única condición que tengo tiene que ver con mi curiosidad -. Hice una pausa. - ¿Por qué te dicen La Curva? -.

Empezó a reírse a los gritos. Pude ver la comida que tenía en el estómago.

- ¡¿Por qué me dicen La Curva?!. ¡¿Esa es tu condición?!. No lo puedo creer. Ahora te explico. ¡Pamela!. ¡Pamela! - llamó a una de las putas. Se levantó una morocha vestida con una remera cortita, una bombacha negra hundida en la raya de un culo precioso y nada más.

- Es traba - me aclaró La Curva sin que le preguntara. Pamela me lanzó una sonrisa. Se me puso dura al instante.

- El señor quiere saber porqué me dicen La Curva -.

- ¿Es curioso? - me preguntó Pamela.

- Por naturaleza - contesté.

La Curva se desabrochó el pantalón y sacó un miembro enorme. - Chu páme la pija - ordenó al traba, que se metió todo (TODO) ese pedazo de carne en la boca. La Curva gozaba a lo loco. Cuando consiguió una buena erección, sacó la pija de la boca de Pamela y me la mostró. Tenía la forma de una medialuna gigante.

- ¿Satisfecho? - preguntó.

- Si - dije sorprendido. - Cuando quieras... -.

Volvió a meterla en la boca del travesti.

- Tragátela toda - dijo. Unos segundos después acabó. Pamela gemía mientras se pasaba los dedos por los labios llenos de leche.

- Traeme el postre - le dijo La Curva. - Cuando la quieras, es tuya - ofreció.

- No, gracias. Soy casado -.

- ¿Y? -.

- Por ahora paso - dije, declinando el ofrecimiento gentilmente.

La Curva se sirvió postre tres veces. Tenía un apetito voraz.

- La chupada de pistola - comentó.

Con el café me ofreció un porro que acepté. El se tomó un par de líneas de coca.

- Ahora si. Hablemos de negocios. Vamos a mi oficina - sugirió.

- Linda lista. Cohetes, escopetas, bazooka, ametralladoras, armas automáti­cas...¿una Glisy? -.

- Si -.

- Qué curioso. El último que me encargó una Glisy también tomó agua mineral. Y tampoco se quiso cojer al traba -.

- Ahá -.

- Resultó que era puto. Le dije que para conseguirle un arma como esa, me tenía que chupar la pija -.

- Interesante -.

- Me la chupó como los dioses. Cuando se la estaba dando, le dije que el trato había cambiado: además le iba a acabar en la boca. Ningún problema. Se tragó el guascaso con gusto -.

- Qué bien -.

- Así que... -.

- ¿Así que qué? -.

Se empezó a desabrochar los pantalones.

- La Curva, disculpame, pero dos segundos después que esa pija entre en mi boca, te la corto. No te van a decir más La Curva, te van a llamar El Muñón. ¿Estamos claros? -.

La Curva me miraba como si no entendiera.

- ¿Estamos claros? - repetí con más fuerza.

- Si - me dijo perplejo. Se acomodó el pantalón, revisó la lista, y acordamos precio, cantidad y plazo de entrega.

- ¿Vas a armar a una banda con esto? - preguntó.

- No -.

- ¿Tenés problemas con algún distribuidor? -.

- Tampoco -.

- ¿Un chulo díscolo? -.

- Chinos - contesté ante su insistencia.

- ¿Chinos?. ¡Asquerosas sabandijas orientales!. ¡Liquidalos!. ¡Hace los mierda!. ¡Que vuelen por el aire!. ¡DERRIBALES LA MURALLA A ESOS HIJOS DE PUTA! - se entusiasmó La Curva. - Pequeño detalle: ¿qué te hicieron? -.

- Me vendieron hamburguesas en mal estado -.

- ¡¿Eso fue todo?! - se sorprendió.

- Y pan vencido. Todo mohoso - aclaré.

- La mierda que sos un tipo jodido. Espero que nunca te enojés conmigo -.

- Conseguime las armas como acordamos y todo bien -.

- Es un trato. Y no te olvides la guita -.

La Curva me acompañó hasta el auto. Antes de irme, me dió el teléfono de Pamela.

- Cuando quieras. Ya sabés -.

- Dale mis saludos a Perú - dije, y me fui.

Dos días después me instalé definitivamente en el departamento abandonado, donde viviría hasta el día D, día D hacerlos mierda.

Le regalé a Daniel y a su familia un crucero de 1 mes por el Caribe. Su casa quedó a mi disposición, aunque pasaba la mayor cantidad de horas vigilando el supermercado, donde la actividad se había incrementando en forma vertical. Los chinos estaban frustrados, nerviosos y asustados por haberme perdido el rastro. ¡Imbéciles!. Si en aquel momento hubieran sabido lo que les esperaba...

La Curva y sus secuaces no me preocupaban. Minutos después de hacerme con las armas, la policía recibió una denuncia anónima que revelaba la ubicación del cuartel general de la superbanda. Le cayeron encima con todo lo que tenían, incluyendo tanquetas y helicópteros artillados. Fue una masacre y un golpe de imagen estupendo para la yuta. Mis huellas estaban borradas.

Con Lilu en un lugar seguro, con Daniel recorriendo las aguas del Caribe, en posesión de aquel arsenal, visité mi departamento por última vez antes de desaparecer por completo.

Vigilé el supermercado por 2 semanas. Los chinos i­ban, venían, gritaban, peleaban. Cada vez eran más. La actividad nunca cesaba. No me importaba cuántos fueran. Más chinos el día que los atacara, más chinos que abandonarían nuestro suelo rumbo a la tierra de sus padres...en varios cajones.

El escondite estaba atestado de pertrechos, armas, municiones y un equipo de altoparlantes por los que pasaría música al estilo "Apo­calypsis now" cuando cayera encima de los culos color patito. Más tarde que temprano descubrí que había música muy cruel para atacar a los sucios supermercadistas orientales.

Aunque todo estaba perfectamente planeado, tuve que cambiar mis tiempos de ataque abruptamente. Un sábado por la tarde me vi sorprendido por la llegada de cierto personaje del que, creía, ya me había desecho: Perú. De algún modo el hijo de puta se salvó de la redada, y, conociendo mis planes, se acercó para ayudar a mis amigos chinos. Nada grave. Solo reajusté mis horarios. Atacaría aquella misma noche y el dichoso Perú sería otra frutilla más del postre.

A las 9:15 estaba listo, todas las armas cargadas, mi rostro pintado de negro, el chaleco de kevlar ultrafino y mis ropas de asalto puestas.

A las 9:25 llamé a los "gooks" para decirles que alguien me había visto en mi antiguo departamento.

A las 9:28 detoné por control remoto la carga que coloqué en la cabina subterránea de Edenor. Al estallar la pequeña bomba se cortó la energía en más de 30 manzanas a la redonda. Las luces de emergencias se prendieron en el supermercado.

A las 9:30 tres chinos voltearon la puerta de mi departamento y entraron a fuego de ametralladora. Cuando se dieron cuenta que el sitio estaba vacío, era tarde. Varias cargas de C-4 explotaron en ese instante, desintegrándolos en partículas diminutas, derrumbando también la mitad del edificio. Los escombros enterraron a Toti, Raquel y algún otro traidor. La mujer de Toti, por supuesto, se salvó. En el momento de la explosión estaba en la terraza colgando ropa...y chupándole la pija al hijo de la del 2º C.

A las 9:31

- ¡IT'S PEIBAAAACKKKK TAAAAAAAIMMMMMMMM! -.

Empieza la música...

"If you wanna be my lover..."

...a todo volumen. Ahora soy Robert Duvall guiando a la caballería hacia la asquerosa aldea. Los pupila estirada empezaron a gritar órdenes y a correr por todos lados, ocultándose en el negocio, cerrando las puertas. Inútil. Salí desde la oscuridad. Ni siquiera tuve que cruzar la calle para abrir las rejas del infierno.

- Nou problema nene. A esto no hay cerradura que se le resista -.

"...you got to be my friend..."

Nunca sabrían qué pasó. Disparé uno de los cohetes Impala. Los cuatro que estaban en la entrada volaron por el aire, arrasados por la bola de fuego y los hierros retorcidos de lo que antes fuera una puerta corrediza.

Cuatro gooks menos.

"...love will last forever..."

Entré al negocio antes que el resto de la banda pudiera siquiera em pezar a defenderse.

- ¡BIENVENIDOS A LA RUEDA DEL ADIOS, DONDE EL PRIMER PREMIO ES LA MUERTE Y EL SEGUNDO PREMIO CONSISTE EN...NAAAAAADAAAAAAAAA! -.

Me recibió una lluvia de balas. Alcancé a esconderme tras la heladera del carnicero. Porque los chinos eran truchos hasta en eso: la carnicería estaba ADELANTE y no en el FONDO, como en el resto de los su permercados. ¡Asquerosos gandules!. Estaban a punto de pagarlo...y en contado efectivo.

No podía moverme. Disparaban desde todos lados. Asomé un poco la cabeza y conté. Cinco piel amarilla tras la góndola de las conservas. Tres en las oficinas en el entrepiso. Y esos eran solo los que estaban a la vista.

Tomé la M-60, activé el lanzagranadas y disparé una ráfaga hacia el entrepiso. Si alguna vez allí hubo vida, fue antes que yo llegara de visita. Los chinos cayeron sobre sus compañeros, gritando, envueltos en llamas. Aproveché el caos del momento, salí de mi escondite y les vacié el cargador. ¡Vaya espectáculo!. La salsa de tomate mezclada con la san gre de los orientales, las remolachas, las arvejas y el atún. Ocho abajo. Doce en total. "Vamos ganando".

Recorrí la sección de las bebidas. Era lo mejor del local. Al menos los vinos no tienen vencimiento. De repente las botellas comenzaron a romperse sobre mi cabeza. Me cubrí tras los jugos de frutas. Varios chinos venían por el pasillo del medio. Tomé la Uzi, me arrojé al piso y disparé a las piernas. Cayeron todos con las rodillas, tobillos y pies destrozados. Me acerqué rápidamente. Algunos todavía estaban vivos, retorciéndose a los gritos.

- ¡ESTRAIK DOS, HIJOS DEL SOL NACIENTE! -.

- Nos-otros chi-nos, no japoneses -.

- Tarde para aclararlo hermano. Bang, bang. Estás liquidado -.

- Piedad - gritó uno de los sucios orientales.

- Lo lamento brader. No tomamos prisioneros - dije y los remate.

4 y 6 y 8, 18.

"...friendship never eeeeendss..."

- Esto es por las ESPAIS GERLS, ¡hijos de puta! - grité trepado a los estantes de los artículos de limpieza. Varios gooks cayeron bajo las balas de mi escopeta Benelli.

- ¡Gra-cias Ter-mi-na-tor! -.

Bajé de la góndola de un salto. Se produjo un silencio sepulcral. Alguien pisó una bolsa de azúcar a mis espaldas. Craso error. Me di vuelta y disparé la escopeta casi sin apuntar. No le di tiempo a nada. Era la cajera del otro supermercado, que murió en ese instante con el estómago agujereado por las balas. Mi rostro fue lo último que vió en esta vida.

- ¡Chin huan!. ¡Chin huan!. Es tu turno... - llamé.

- Spice Girls inglesas...no chinas - contestó el muy cobarde, escondido en algún rincón.

- ¡Y a mi que mierda me importa! - contesté.

- En China tene-mos músic-os mejores - me dijo.

- ¡EEEEEEEESTA GUACHITO! - grité.

- A nosotros no gustan Spice Girls tampoco - se defendió el cagón.

- ¡AHA!. Pero seguro que les gustan los BACKSTREET BOYS, putos del orto... -. Algo raro pasaba. En aquel momento me di cuenta que Chin huan trataba de distraerme. Me di vuelta y vi a tres chinos que venían caminando sobre los estantes de los aceites. Para no hacer ruido, no habían cargado sus armas. ¡Imbéciles!. Ese fue su última equivocación. Disparé la Grisly. Con la mira láser no desperdicié ni una bala. ¡Pum, pum, pum!. Una bala por cráneo, sus cerebros salieron a ver la luz del día. Aquellos pestilentes no valían más que eso.

- ¡Chin huan!. Ahora también te voy a castigar por ROMANCE 4 ¡chupa pijas! -.

Algo me golpeó la espalda. Fue como una patada de un burro en celo. No supe que era hasta que llegué al suelo. Me habían disparado por atrás. Todos mis huesos se estremecieron. Por suerte tenía el chaleco antibalas. Pegué con la cara contra el piso y me quedé quieto, esperando. Solo había una persona capaz de tal traición.

- Hola cariñito. ¿Te acordás de mi? -.

Era Perú, quién otro. Ni siquiera respiré. No se me movió ni un pelo.

- ¡Está bieeeeeen muerto! - gritó. Todavía tenía la nariz hinchada por aquel golpe que le diera en lo de La Curva. Me pateó un par de veces, pero me hice el muerto. Entonces me dió vuelta con uno de los pies. Como en nuestro encuentro anterior, no alcanzó a reaccionar. Le apoyé la Grisly en los huevos...

- Saluda a tu abuela de mi parte -

...dije, y disparé. Voló un par de metros en el aire y cuando cayó, ya estaba muerto. Lástima. Se habría ahorrado el dinero de la operación para el cambio de sexo.

Varios chinos aparecieron corriendo desde el frente del negocio. Era el momento de estrenar la M-16. No me defraudó. Era un arma de primera. No quedó ni un solo chino en pie. Ni siquiera tuve que tomarme el trabajo de rematarlos.

- Chin huan, ¿cómo se llama tu hermana la cajerita? -.

Silencio absoluto.

- Aerolíneas De La Muerte informa que debido a problemas técnicos, todos uds. ¡SE MUEREEEEEEEN! -.

- Me entlego, me entlego - suplicó Chin huan entre lágrimas, arrastrándose en sus rodillas, lloris­quean­do, con las manos levantadas. - No me mate, por fa-vor - rogó. - ¡Era mi hel-ma-na la que vendía la melcadelia vencida!. Yo no quer-ía...se lo juro, se lo juro...por favor, no me mate -.

Me quedé duro.

- Chian huan, Chin huan - le dije con tono tranquilizador. - Te entregaste y reconociste tu culpa. ¡Qué bueno!. Te felicito Chin. Eso está bien. Muy loable. Muy lindo. En serio te digo. Muy pero muy bien... -. Suspiré. - Pero, ¿qué querés que te diga broder?. Para pedir perdón, andá a la iglesia - dije, le apoyé la escopeta en la cabeza y disparé. Los pedazos de cerebro, huesos y pelos volaron para todos lados. Mi ropa quedó hecha un pegote inmundo. Tenía toda la cara salpicada de sangre.

- ¡Espero que este hijo de puta estuviera sano, la concha de su putísima madre! -.

Solo faltaba la cajera.

- ¡Cajerita dime túuu...! -

Empecé a recorrer el supermercado, plagado de cadáveres, destruc ción y muerte oriental.

- Me parece que van a tener que pintar de nuevo - sugerí. Nada. Ni un movimiento. Solo el sonido de La Parca. O la hija de puta se había escapado o estaba muy bien escondida. Fui hasta la heladera de las gaseosas. Pensé en tomarme una latita. Tanta matanza me había dado sed. Además le estaría tendiendo una trampa infalible a la última china que quedaba en pie.

- ¡La reconcha de su madre!. ¡No puede ser, che!. ¡Supermercado del culo!. ¿Será posible?. Pero...¿no tenés Pepsi light? - pregunté ofuscado.

- Recibir mañana - contestó la cajera. Como Roger Rabbit, no resis tió la tentación y fue traicionada por su propia naturaleza.

- Cajerita ya sé dónde estás, y te digo algo: rezá y andá despidién ­dote, porque te vas a MORIIIIIR sin extrema unción, ¡conchita horizon­taaaaaaaaaal! -.

Caminé entre las góndolas, esperando que ella viniera a mi..

- Vamos, mi amor, tengo una sorpresa para vos -.

Me quedé parado en una puntera, junta a las sopas instantáneas y los caldos, quieto, sin respirar, sin que un poro de mi piel transpirara, sin que mis pupilas se dilataran ni mi adrenalina subiera por el olor de la sangre aún tibia.

Ella vino a mi...

- ¡NOC NOOOOOOOOC! -.

La hermana de Chin huan se encontró con la bazooka portátil apoyada en el pecho. Los ojos se le salieron de las cuencas. Abrió la boca para gritar...

...pero no tuvo tiempo.

Apreté el gatillo y salió despedida hacia el fondo del local donde estalló al chocar con la pared, desintegrándose junto con los chizitos, las papas fritas y los maníes. ¡Si señor!.

- ¡STRAIK TRES MADERFAKERS!. ¡ESTAN OUT OUT OUT! -.

Sus padres no tendrán que preocuparse en reconocer el cadáver ¡porque no habrá ninguno!.

Tarea terminada. Es tiempo de irse, antes que llegue la poli. Miro la hora en EL reloj que cuelga de una de las paredes. Aún funciona. Las 10 y 5. Si me apuro puedo llegar a lo de Daniel antes de las 10 y media. Por HBO dan "Pecados capitales" y esta vez, quiero verla desde el principio.