lunes, mayo 25, 2009

MICEMA

Me regalaron a mi gata hará ¿cuánto?. ¿10 años?. Tal vez más. O tal vez menos. Ya no puedo saberlo. Sí recuerdo que me la llevaron al departamento en el que vivía en la ciudad la tarde de un verano en el que las gomas de los autos se derretían sobre el pavimento, un verano en el que dormir era nadar y tratar de no ahogarse, un verano en el que el sudor se evaporaba antes de ser transpirado.


Llegó apaleada la pobrecita. Golpeada. A smash potato. Blanca, radiante, albina, pura o casi pura. Sus hermanos la odiaban, me dijo la veterinaria que me la regaló. La detestaban profundamente, agregó. Sentían un profundo desprecio por esta criatura, dijo y me convenció.


Le puse comida en un plato y leche en otro y comió y bebió y se escondió bajo el sillón durante 3 semanas. Sólo salía si sabía que no había nadie en el departamento. O salía cuando yo estaba cogiendo, lo que le daba tiempo para pasear y reconocer el lugar en el que, suponía, viviría durante el resto de su vida.


¿Cómo podría saber que estaba equivocada, que otros pisos, otras paredes, otras ventanas y otros balcones la esperaban?. Otros ruidos, otras calles, otros árboles, otras palomas, otras macetas donde recostarse y dar vueltas y remolonear y llenarse de tierra y perderse y caerse hacia la vereda desde la altura de aquel balcón, un viaje directo a las baldosas, viaje del que varias veces la rescaté, más por egoísmo que por su propio bien.


No sólo ella dejó aquel departamento que sería para siempre, para siempre. También yo tuve que hacerlo acuciado por las malos tiempos y las bajas recaudaciones, por las palabras sin filo y los papeles con manchas de café. Tuvimos que abandonarlo e instalarnos en lo de mi madre por algún tiempo.


Pronto sentí que había llegado el momento de largarme a andar por caminos de naranjas y chapas oxidadas, de árboles caídos y hojas de otoño, rutas sin destino ni carteles indicadores. Mi gata dejó de ser mía y pasó a ser de mi madre. No firmamos ningún papel ni documento ni manifiesto ni factura ni boleto de compraventa ni nada. Solo se quedó viviendo allí y así pasó a pertenecer a mi madre por simple abandono de su dueño natural.


Lo pasamos bien mientras vivimos juntos en aquel departamento, mi gata y yo. Se hizo conocida en el barrio. Es que mi gata, la gata de mi madre, es/era muy puta. Era la gata más puta de todas las gatas que conocí en mi vida, y he conocido, debo decirlo, muchas, muchísimas, tantas gatas que ya no las recuerdo a todas, aunque sí recuerdo que mi gata, la gata de mi madre, es/era entre todas esas gatas que conocí a lo largo de mi vida, la más puta de todas.


No la escuchaba quejarse con maullidos largos y dolorosos cuando algún gato la penetraba de manera furiosa, voraz, veloz. No mi gata, la gata de mi madre. Ella no. La escuchaba ronronear y atraer amantes desde diversas terrazas, vizcos siameses despeinados, enjutos albinos, gordos negrimanchados, marroncitos de cara simpática. Eso sí, mi gata, la gata de mi madre, era muy puta, pero nunca, nunca en su puta vida se dejaría tocar por un gato negro.


Una noche de insomnio, de estómago revuelto, de mucha fritura en el hígado, de mal aliento y calor estival ciudadano, ese calor estival que se diferencia del calor estival de pueblos junto a playas bañadas por mares lejanos y que se diferencia del calor estival en montañas más bajas que un cieloraso, podría asegurar, estaría en condiciones de afirmar, sería capaz de confirmar que, mientras respiraba caldo de aire y sopa de oxígeno, la vi fumando recostada sobre una pared junto a su amante más asiduo, il gattopardo. Creería que me vio y que por eso no llegué a tiempo para sacarle una foto con mi cámara reflex, una cámara de fotos antigua, una de esas cámaras que usaba algo llamado rollodefotos, rollodefotos que debía ser llevado a una casa de fotografía para ser revelado y disfrutado (o no). La cuestión es que tras esa noche me quedé en vela varias noches más, tratando de atraparla in situ, in fraganti, in pectore. Pero no hubo caso. Durante los días siguientes mi gata, la gata de mi madre, se comportó como una virgen camino el monasterio.


Mi gata, la gata de mi madre, tenía nombre. Siempre creí que yo se lo había dado, que fue mi labia divina la que eligió su nombre, su bautizo, su denominación humana. Mi gata, la gata de mi madre, me rebatió diciéndome que su nombre no le había sido dado ni por mí ni por nadie más, sino que ella sola lo había elegido una tarde que salí del departamento donde vivía, aquel departamento en que más de una vez me ahogué y resucité gracias a los conocimientos médicos de mi gran amor, gran amor que se convirtió en un gran amor porque, justamente, dejó de ser un gran amor cuando ella (mi gran amor) se fue diciéndome que me amaba pero que se iba porque sí, porque el nuestro era un gran amor, pero que todos los grandes amores debían terminar a lo grande o no terminar en lo absoluto, y que ella quería que terminara para que dejara de ser solo un gran amor y se convirtiera en el gran amor.


Pero volviendo a mi gata, la gata de mi madre, en aquella discusión que mantuvimos a la luz de una bombita de 60 watts, me decía que eligió su nombre una tarde en que salí de aquel departamento para hacer unas compras. Me fui esa tarde dejando el televisor encendido, como solía hacer cada vez que salía del departamento y según la gata de mi madre refería, el televisor encendido, una malsana costumbre fruto de mi paranoia y mi apego enfermizo a las cosas materiales: pensaba que si un caco o un ladrón o ambos llegaban a la puerta de mi departamento y escuchaban el sonido de la televisión pensarían que dentro había alguien y desistirían de intentar robar o sustraer o ambos, elementos de aquella propiedad. Creo que el sistema funcionó cientos o tal vez miles de veces o ambos, porque siempre que dejaba el televisor encendido cuando salía de cacería o de caza o ambos, al volver jamás me faltaba nada. Hoy sé que un sistema de seguridad tan básico no convencería o haría dudar o ambos a ningún caco o ladrón o ambos. Los criminales de hoy carecen de códigos.


Volviendo a mi gata, la gata de mi madre, al parecer esa tarde que ella citaba, dejé el televisor sintonizado en el canal Retro, ese canal que transmite día y noche series antiguas, series blanquinegras, series de los días en que nos daban la leche y nos castigaban por las malas notas prohibiéndonos prender el televisor para ver a Larry, Curly y Moe pegarse cascotazos. Habrá sido un domingo, que es el día en que los canales de este tipo programan maratones de alguna serie antigua. La serie que aquel domingo mi gata absorbió como un Alex en pleno proceso de reeducación fue "The avengers". De allí, según su teoría que no comparto, que su nombre oficial sea Miss Emma Peel. No discutí mucho el tema. No tiene sentido discutir con una gata cuando se empaca. En último caso, yo sé quién le puso ese nombre, aunque carezca de pruebas irrefutables para probarlo.


Desde la ruta me comunicaba regularmente con mi madre, quien, como ya expliqué, se convirtió en la dueña de mi gata, su gata. Lo hacía vía mail o correo electrónico y cada tanto, después de haber trabajado en alguna cosecha o en alguna fundición de acero o en la construcción de algún matadero, le hacía un llamado telefónico que le alegraba la tarde, hasta que volvía a sus preocupaciones diarias.


Recorrí rutas de nombres y direcciones diversos, anchas y angostas, pavimentadas y de ripio, de tierra, de piedra, caminos y senderos. Monté en camiones, autos, camionetas, motocicletas y en dos oportunidades, en carros tirados por caballos. Pagué boletos, invité almuerzos, meriendas y cenas; convidé cigarrillos y a un camionero que transportaba vacas de mirada extraviada, le leí, para que no se durmiera durante la noche, parte de un libro que cargaba en mi equipaje.


Fue un viaje largo y con muchas paradas. A veces viví solo, pero varias veces acompañado. Ninguna de aquellas compañías se convirtió en nada más importante que un albergue o una compañera de visita o una buena conocida. No escuché sollozos ni vi lágrimas derramadas al partir. Nunca miré atrás.


Finalmente recalé en el puerto de un pueblo sin ríos navegables ni mares cercanos, pero puerto al fin, uno de esos sitios donde hay dos clases de personas: quienes nacieron allí y quienes llegan escapando de algo. Y yo nací allí.


La comunicación con mi madre se tornó todo lo fluída que podía ser considerando la distancia que nos separaba. Ella me contaba de sus peripecias para alimentarse sin plantar especias en el piso del patio y yo le hablaba de los caminos de astillas y cáscaras de nueces quebradas que bañaban las laderas de las montañas. Siempre le preguntaba por mi gata, la gata de mi madre. Me decía que estaba muy bien pero que hacía rato que no iba de visita il gattopardo, y eso la extrañaba. Le parecía que entre mi gata, la gata de mi madre e il gattopardo había surgido algún tipo de desacuerdo que los había separado, según su opinión, "sólo por el momento".


Entré en la era moderna el día que compré un teléfono celular recuperado por alguien del pueblo/puerto de quien me había hecho, digamos, amigo, alguien que cargaba con la fama de ser un gran recuperador de elementos que no le pertenecían. "Funciona al pelo y está liberado" me dijo. Se me ocurrió preguntarle porqué había estado preso, pero no podía imaginarme qué clase de fechorías podría cometer un teléfono celular como para que alguien lo privara de su libertad, así que me abstuve de preguntar.


Con la llegada del celular, las novedades comenzaron a viajar en ambos sentidos con mayor asiduidad. Supe día a día cómo estaba mi gata, la gata de mi madre, cómo pasaba los otoños, los inviernos, los veranos. No las primaveras. Durante las primaveras mi madre prefería no contarme nada sobre mi gata, la gata de mi madre.


Una tarde recibí un mail donde mi madre me decía que se iba a visitar a mi hermano, quien llevaba varios años viviendo en el exterior y que pensaba quedarse con él entre 8 y 12 meses, por lo que había invitado a su amiga Analia para que se instalaran en su departamento de inmediato antes de que ella partiera y se quedaran allí durante el /ese tiempo en que se ausentaría de su casa, de su ciudad, de su país, de su continente.


Creo que pensó que yo me había olvidado de que Analía tenía una gata.


- ¿Y la gata de Analía?.

- Bueno...también se instalará con ella en casa.

- Ajá.


El día que partió me llamó desde el pie del avión. No escuché nada, solo ruido a turbinas, gritos, órdenes y maldiciones lejanas. Le dije chau, buen viaje, saludos, escriban, manden fruta y corté. Esa misma noche revisé mi casilla de correo en el ciber y encontré que mi madre me había enviado un mail más largo que los que solía enviarme, y que podía resumirse en:


- la gata de Analía y mi gata, la gata de mi madre (a quien a partir de ahora llamaremos Miss Emma) no se llevan nada bien.


- Miss Emma parece asustada, al borde de sufrir ataques de pánico.


- la gata de Analía (de quien mi madre no refería si tenía o no nombre) está enojadísima y se le notan "serias intenciones de matar, finiquitar, acabar con la vida de Miss Emma. Lo veo en sus ojos" (sic)


- para bien de ambos animales, Miss Emma será confinada a vivir en el cuarto de mi madre con salida al balcón y la gata de Analía vivirá en el resto del departamento.


Redacté un mail ofuscado y protestón, reclamando por los derechos de Miss Emma frente a la gata invasora, usurpadora, okupa recién llegada, un mail lleno de imprecaciones y palabras imprecisas, repleto de sonidos verborrágicos y onomatopeyas intraducibles. Al final, justo un segundo antes de apretar el botón de "send", borré todo el texto y escribí apenas un par de líneas, pidiéndole a mi madre que me enviara, en cuanto pudiera, la dirección de mail de Analía, para tener algún contacto más directo con quien sería la gatekeeper de Miss Emma durante los
siguientes meses.


Comencé a comunicarme casi a diario con Analía, la amiga de mi madre que quedó a cargo de Miss Emma y del departamento. Analía, hermosa mujer que durante años afiebró mi cerebro, recalentó mi cráneo, hizo hervir los pelos de mi nuca, calores que se encargó de enfriar con su mirada helada y sus palabras de glaciar, resistiendo estoicamente mis embates, los embates de un adolescente más viejo que los demás, pero no lo suficientemente mayor como para que ella se dignara a bajarle la temperatura del termómetro de otra manera que no fuera vaciándole encima una cubetera recién sacada del freezer.


- ¿Cómo van Miss Emma y tu gata?.

- Pésimo.


Tenía un estilo de escritura minimalista Analía.


- Hola, ¿cómo va todo por allá?. ¿Los animales?.

- Mal.


Su forma de escribir suscinta nunca dejaba de sorprenderme


- ¿Y?. ¿Las gatas?.

- CEO


expresión que, después de intentar distintas opciones, opté por decidir que significaba "Como el orto".


- ¿Miss Emma vive?.

- Sí.


Finalmente llegó al grado más elevado del minimalismo cuando respondió a mi pregunta


- ¿Cómo siguen las cosas entre tu gata y Miss Emma?


con un


- .


Pasaron los meses y me olvidé de Miss Emma, desresponsabilizándome de interesarme en ella al visitar la iglesia local para pedirle a Dios que la cuidara y que se hiciera cargo de todo. Así tranquilicé mi conciencia y pude sacarme el tema de encima por un buen tiempo.


Mi madre regresó a su casa después de casi 11 meses en el exterior. Apenas unos días después de su vuelta, Analía se fue del departamento, porque, le dijo a mi madre, "me siento invadida por vos".


- ¿Se llevaron a la gata con ellas me imagino?.

- No.

- ¡¿Cómo que no?!.

- La gata de Analía se murió hace varios meses - me dijo. - Se enfermó de odio, se enfermó por no poder matar a Miss Emma, se contagió con el virus de su enojo, con su frustración ilimitada. Su saliva se volvió belladona. Se mordió, infectándose con su propio veneno. Luego sus dientes se dieron vuelta y se le clavaron en las encías. Dejó de comer. Pasaba las mañanas, las tardes y las noches trazando planes para atrapar a Miss Emma, planes que siempre fallaban. Veía a Miss Emma, vidrio de ventana de por medio, y se enloquecía. Gastó sus uñas tratando de atrapar aquella imagen del balcón y al no lograrlo, enloqueció de rabia. No dormía y caminaba de lado a lado como un león de zoológico esperando ver África en el horizonte. Al final enfermó y expiró su último aliento mientras señalaba aquella foto tan hermosa que vos le sacaste a Miss Emma y que yo colgué en una pared del living.


- ¿Y Miss Emma?.

- No derramó lágrimas.

- Entiendo.

- Pero tampoco se tomó revancha con Analía. La observó con respeto y a la distancia, me dijo Analía.

- ¿Ahora cómo está?.

- Libre de vuelta.

- ¿Hubo reencuentro?.

- No. Ahora sólo anda con gatos cachorros.

- Mandale saludos - dije. - Besos para vos. Chau - me despedí.


Me quedé allí parado en la cabina de teléfonos, viendo al sol hundirse en la cumbre de un cerro cercano. Miss Emma era libre de nuevo. El veneno no la había tocado. Era hora de emprender el regreso.

domingo, mayo 24, 2009

LAS MONEDAS

Los hechos referidos en el siguiente informe que lleva el sello de las fuerzas policiales del Zar Alejandro III, sucedieron el 25 de Octubre de 1886 en la aldea de Cheremkhovo, ubicada en la orilla occidental del río Angara, en la provincia de Irkust Oblast.

"Hemos llegado hasta Cheremkova [1] con una fuerza compuesta de 12 hombres, en la tarde de hoy, 5 de Noviembre de 1886, para esclarecer los hechos sucedidos en ésta aldea, por orden de F. J. Golikov, comisario de la Tercera Sección del Ministerio del Interior Ruso para todo el valle del Río Angara.


Según relatan campesinos del lugar, la tarde del 25 de Octubre de 1886 llegaron a la aldea montados a caballo 12 hombres. A su cabeza se encontraba Pavel Rokkososvsky, criminal buscado en al menos otras 2 provincias rusas. Estaba acompañado por su lugarteniente, Nikolai Shtemenko, a quien los pobladores conocían por el apodo de "Lobo". También se encontraba con ellos el 3º en orden jerárquico, P. Nefedov [2] reconocido por los aldeanos por una cicatriz que le cruzaba el rostro desde el lóbulo frontal izquierdo, pasando por su ojo, su nariz y terminando debajo del ojo derecho, descripción que coincide con los registros que se tenían del Señor Nefedov. Los aldeanos declaran desconocer los nombres de los otros 9 hombres que acompañaban a Rokkososvsky. Los aldeanos conocían a Rokkososvsky y a su pandilla pues ésta llevaba tiempo asolándolos. Refieren que eran "salvajes, asesinos, bestias humanas" y otras expresiones del mismo tipo. Según estiman la fuerza de Rokkososvsky se elevaba hasta 30 hombres pero aclaran que aquella tarde eran solo 12.


Andrei Grechko, tendero, dijo: "Los conocíamos bien. Nosotros somos una aldea de pacíficos mineros y leñadores. Servimos a Su Majestad Alejandro III con devoción. Somos hombres religiosos". Katrina Suvorov, sobrina del alcalde local, dijo: "No tenemos armas". Sara Danilov, madre de 4 niños, dijo: "Vivimos en paz, siempre vivimos en paz. Trabajamos, ayudamos al monasterio. Sólo queremos vivir en paz". Vassili Baduchenko, leñador, dijo: "No sabíamos cómo defendernos". Irina Filipov, costurera, dijo: "Amamos a la Madre Patria. La Madre Patria debía protegernos".


Gregori Suvorov, alcalde local, refiere que luego de los hechos, se repartieron 18 caballos que pertenecían a los criminales ya mencionados, entre quienes más los necesitaban, a excepción de 2 de ellos, que fueron entregados al monasterio.


Luego de recibir la declaración espontánea de los aldeanos, el alcalde Suvorov junto a tres de sus colaboradores nos acompañaron hasta las afueras del pueblo. Allí encontramos a Rokkososvsky y 20 de sus hombres tendidos en la nieve. No había signos de corrupción en sus cuerpos, debido al intenso frío. Tenían todos orificios de bala, la gran mayoría de ellos en la frente, en la garganta o en los ojos aunque algunos también los tenían en el pecho. Solicité al alcalde Suvorov y a su colaboradores que consiguieran palas para enterrar a los muertos luego de confirmar que quien yacía allí era Rokkososvsky. Hice esto corroborando 3 datos que ya traíamos con nosotros:


1 - Rokkososvsky tenía dos dientes de oro, uno en la parte superior de la dentadura, al frente y hacia su izquierda. El otro en la parte inferior de la dentadura, al medio. El cadáver ante mí tenía esta característica.


2 - Al criminal Pavel Rokkososvsky le faltaba una falange del dedo anular de la mano derecha. El cadáver ante mí tenía esta característica.


3 - Rokkososvsky tenía una cicatriz en su hombro izquierdo, cerca de su cuello. El cadáver ante mi tenía esta característica.


Luego solicité al alcalde Suvorov que prestara ayuda en el entierro de los cuerpos y que señalara dónde debían ser enterrados. Esto motivó una reunión con el Consejo local, el cual tras una breve deliberación, indicó que el mejor lugar para enterrar los cuerpos era los Campos de Brionsk [3], sitio ubicado unos 1500 metros fuera del pueblo. 15 hombres se ofrecieron para la tarea. Varios aldeanos prestaron sus carros de cargar madera y carbón para llevar los cuerpos hasta el lugar donde serían enterrados. Algunos de ellos señalaron que sus carros eran tirados por los caballos de los muertos.


La tarea de enterrar los cadáveres no pudo terminar de realizarse aquel mismo día debido a que se hizo de noche. Yo y 8 de mis hombres fuimos ubicados en la posada local; los otros 3 en la casa de la señora Ludmila Shestopalov. Por la mañana los 15 hombres del pueblo que habían comenzado a cavar las tumbas el día anterior, acompañados de mi ayudante y otro de nuestros hombres, concluyeron la tarea de entierro. Solo dejaron como marca un palo de madera clavado en la tierra, cruzado por una tabla que decia "Rokkososvsky", indicando el lugar donde se encontraba enterrado el jefe de la pandilla. El sacerdote local dijo una pequeña oración que todos los hombres escucharon con respeto, según me declaró mi ayudante. Se dibujó un mapa señalando lo más exactamente posible la ubicación del improvisado camposanto, para fines ulteriores que no detallaremos aquí.


Ordené a 6 de mis hombres que patrullaran la aldea en grupos de a 2. No había razones para pensar que algo más pudiera suceder pero ópte por no correr riesgos.


El posadero ofreció su posada para que realizara el trabajo de recoger testimonios. La mencionada tarea comenzó a primera tarde, tras el almuerzo del segundo día de nuestra estadía en la aldea, 6 de Noviembre de 1886. Tomaron notas de lo dicho Igor Subolenko, agente de 1ª clase y "Sasha" Vitutin, agente de 2ª. Hizo las preguntas quien redacta éste informe, Capitán de la Policía del Zar, Vladimir Ilushenko.


Declaró Ivana Koulikov, esposa de Igor Koulikov, trabajador del correo local: "Vine a vivir a Cheremokhovo hace más de 15 años. Llegué con mi padre, Volodnya Yeremenko. Al poco tiempo contraje nupcias con Igor. Aquella tarde del tiroteo estaba en la calle pues necesitaba comprar unos hilos. Me crucé e intercambié unas palabras con el alcalde. Después me encontré con mi amiga Irina (Irina Filipov, costurera) [4]. Cuando Rokkososvsky y sus hombres entraron a la aldea por la calle principal, Irina me pidió que nos fuéramos de allí. Entramos en el comercio de telas y desde la puerta vi todo. Rokkososvsky, con "Lobo" a su lado, hizo una seña para que todos sus hombres se detuvieran. Detrás de ellos se colocó el hombre de la cicatriz en el rostro. Rokkososvsky dijo algo a "Lobo", quien lo repitió a los gritos para que toda la aldea lo escuchara. "Lobo" fue el primero en caer. Mi amiga Irina me tiró para atrás y al piso, alejándome de la puerta de la tienda de telas. Se escucharon varios disparos seguidos y caballos relinchando. Pude asomarme recién unos segundos más tarde cuando logré que Irina me soltara. Vi que varios caballos habían perdido a sus jinetes y que los hombres que quedaban montando luchaban por sacar sus armas para defenderse. Ninguno pudo hacerlo. Me pareció que todos cayeron muertos antes de poder disparar un solo tiro".


Declaró Andrei Grechko, de profesión tendero, 46 años de edad, esposa y 3 hijos: "Estaba en la vereda de mi comercio. Saludé al alcalde Suvorov al otro lado de la calle, quien me devolvió el saludo. El y yo somos buenos amigos. Nos conocemos desde la infancia. Vi cómo Suvorov se cruzaba con Ivana Koulikov, una buena clienta, e intercambiaban algunas palabras. Seguí barriendo la vereda. Entré nuevamente a la tienda. Al escuchar el ruido de tantos caballos juntos se despertó mi curiosidad. Salí a la vereda y vi a Ivana e Irina Danilov charlando en la vereda de enfrente. También vi a Rokkososvsky y sus hombres, que se detuvieron muy cerca de mi tienda. Unos momentos después escuché a "Lobo" gritar que venían a buscar su comida y que algunos de sus hombres deseaban pasar la noche acompañados de vodka y mujeres. Comenzó a decir algo más pero entonces vi como su cabeza estallaba y el caía de su caballo. Me tiré al piso y cubrí mi cabeza con mis brazos. No vi nada más hasta que los disparos se detuvieron. Me levanté y solo vi a varios caballos relinchando confundidos y muchos cuerpos tirados sobre la calle".


Declaró Gregori Suvorov, alcalde de la aldea, 50 años, viudo: "Estaba caminando cuando escuché que Grechko, el tendero de la aldea, me saludaba. Le devolví el saludo. Luego me encontré con la señora Koulikov, esposa de Igor Koulikov. Intercambiamos unas pocas palabras. Le pregunté hacia dónde se dirigía. Proseguí mi camino y unos segundos después me di vuelta al escuchar el sonido de varios caballos entrando al pueblo. Eran Rokkososvsky y sus hombres. Apuré el paso y unos metros más adelante me guarecí en la esquina de un edificio. Se detuvieron casi frente a la tienda de Grechko. Vi empalidecer al pobre hombre como si una tormenta de nieve hubiera caído sobre su rostro en aquel preciso instante. Luego sentí que "Lobo" decía algo, pero no entendí qué. Comenzaron los disparos. Creo que "Lobo" fue el primero en caer al piso. Busqué a quien disparaba pero no lo vi. Cuando volví la vista al grupo de Rokkososvsky, ya había varios cuerpos en el piso. El hombre de la cicatriz gritaba y daba órdenes en el instante en que una bala lo derribó de su montura. Seguí buscando a quién efectuaba esos disparos, pero no pude verlo. Solo llegué a observar una pequeña estela de humo a varios metros de donde estaba yo".


Nishka E. Katukov, médico local, 48 años, declaró: "Vi al menos a uno de los hombres de Rokkososvsky escapar con vida. No se porqué quien disparaba no lo mató. Creo que lo dejó escapar adrede. Cuando comenzó el tiroteo, me encontraba en mi consultorio en el piso superior de la tienda. Vi caer a "Lobo". Me pareció que un balazo le había atravesado la cabeza. Luego comprobé que esto era cierto al ver el cadáver: la bala le había entrado por un ojo. Vi caer a dos más de los hombres de Rokkososvsky. Entonces miré hacia el lugar de donde, creí, provenían los disparos. Creí ver la punta de un fusil pero no estoy seguro, aunque creo haber visto que de su boca, de la boca del que creí era el fusil, salían disparos. No vi quién lo sostenía, pero creo que estaba arrodillado o agachado, pues se veía que el fusil estaba muy cerca del piso. Luego bajé corriendo las escaleras. Cuando volvió el silencio y cesaron los disparos, me acerqué hasta los hombres de Rokkososvsky para ver si había alguno herido. No había ninguno. Estaban todos muertos. Solo salió vivo el jinete que el tirador dejó escapar. Le tomé el pulso a Rokkososvsky para confirmar que estuviera muerto. Lo estaba. Una bala le había entrado por la frente".


Declaró Vassili Ryabyshev, 16 años de edad, hijo de Marko e Ivana Ryabyshev: "Venía caminando hacia la tienda. Mi madre me envió a comprar algo...eh...no recuerdo qué...Mi madre siempre me manda a comprar algo. No me molesta. Vi que por el camino de entrada a la aldea venían Rokkososvsky y sus hombres. No me detuve. Tenía que ir a la tienda. Mi madre me había enviado a comprar...bueno... no recuerdo qué. Rokkososvsky y sus hombres se detuvieron justo delante de la tienda. Maldije y me maldije por haber maldecido. Me detuve a pensar si quería ir a la tienda. Ya no quería hacerlo, pero mi madre...ah...bueno, mi madre me había enviado a hacerlo. Vi que uno de los hombres de Rokkososvsky se adelantaba al resto y comenzaba a gritar algo. Escuché un disparo y lo vi caer. Rokkososvsky y sus hombres empezaron a gritar. Los disparos siguieron, fueron cayendo uno a uno. Vi como uno de los jinetes escapaba. El último en morir fue Rokkososvsky. Alcancé a ver de dónde provenían los disparos. El tirador estaba más adelante, hacia mi izquierda...esta es mi derecha...esta...si, hacia mi izquierda. No vi bien con qué disparaba. Su rostro... su rostro... creo que... su rostro parecía el de...el de un niño, señor. Si, creo que era un niño".


Tomamos declaración a 17 testigos más. Todos referían que los hechos habían sucedido más o menos como lo describieron los testigos cuyos testimonios transcribimos anteriormente. Nadie vió claramente al tirador, excepto a quien todos en la aldea sindican como "un borracho perdido, pobre hombre, sin un rublo en el bolsillo, que vive de la caridad de los aldeanos". Averiguaciones posteriores determinaron que el apellido de este hombre es Marachov, aunque él mismo no pudo decirnos cuál era su nombre de pila ni tampoco su edad. Por el estado de su piel, la falta de casi todos sus dientes, el color blanco de su pelo, inferí que rondaría los 55 años pero tal vez fuera más joven y estuviera en un estado de enorme decrepitud que me llevó a confundir su edad, aunque no es un dato que revista mayor importancia para la investigación llevada a cabo.


Marachov, 55 años, vagabundo, declaró, en evidente estado de ebriedad: "Estaba sentado en el callejón. Un samaritano me había dado dos hogazas de pan. Compartí una con mi perro. Tenía una botella de vodka conmigo. Siempre tengo una botella de vodka conmigo. Nunca me abandona el vodka... El vodka es el único amigo que nunca me abandona.... [5]. El primer disparó me despertó. Levanté la vista y lo vi, apoyado contra la pared. Disparaba como los mil infiernos. El diablo guiaba su mano. Tenía la velocidad de un ángel lanzándose sobre la tierra. ¡Por mil demonios!. ¡Nunca en mi vida de soldado vi a nadie disparar con tal certeza!. Cuando terminó la balacera, el maldito niño se dió vuelta y me sonrió, se acercó y me entregó una vaina vacía. ¡El maldito chiquillo no tenía más de 8 años!. Oh, criatura infernal. Sonrió nuevamente, me pidió un pedazo de pan, se lo comió y se fue corriendo cantando como un chiquillo que acaba de cometer una diablura. ¡Vaya diablura!".


El mencionado Marachov nos entregó la vaina que nombró durante su relato. El médico Katukov, luego de cotejarla con el cadáver de Rokkososvsky, concluyó que era la vaina de una de las balas que había matado a Rokkososvsky y sus hombres.


Consultados otros aldeanos sobre la posible existencia de aquel niño que Marachov describió para nosotros posteriormente lo mejor que pudo y ya algo recuperado de su borrachera, negaron conocerlo. Nadie en la aldea había visto jamás a un niño con esta descripción: pelo negro, repleto de rulos, pecas debajo de los ojos color azules o grises, pequeño de contextura, piel cobriza, le faltaba un diente delantero superior, orejas grandes y llevaba un colgante que parecía una gran moneda de oro con un agujero cuadrado en el centro. Ni la maestra ni el sacerdote del pueblo pudieron reconocerlo a partir de la descripción que brindó Marachov.


Según todos los testimonios recogidos hasta entonces, en el primer tiroteo habían muerto Rokkososvsky, Shtemenko, Nefedov y otros 8 hombres. Un jinete había escapado. ¿Cómo habían muerto los otros 10 hombres?. Cuando realizamos esta pregunta, el alcalde Suvorov pidió hablar en nombre de todos los aldeanos y declaró:


"Entendimos que el jinete que había escapado iría por sus compañeros que volverían a la aldea para vengarse por la muerte de Rokkososvsky y de los suyos. Entiéndanos...no tenemos armas... nunca las manejamos. Somos una aldea de gente pacífica. ¿Qué haríamos ante estas bestias?. ¿Qué podíamos hacer?. ¿Sentarnos mansamente como ovejas a esperar que nos mataran?. Nos llevamos a los muertos fuera del pueblo, tomamos todas sus armas, sus balas y las repartimos entre 19 de nuestros hombres. Luego simplemente nos sentamos a esperar a los hombres de Rokkososvsky que no imaginaban, tal vez ahogados por la idea de la venganza, tal vez soberbios porque se sabían bestias asesinas sin escrúpulos, escrúpulos que nosotros sí teníamos, que haríamos lo que finalmente hicimos: defendernos. No estamos orgullosos de lo que hicimos, pero lo hicimos. Los masacramos. Si. Lo hicimos sin piedad. Algunos de ellos lograron escapar. Tal vez, si hubiéramos podido, también los habríamos matado. Hicimos justicia. No sabemos quién mató a Rokkososvsky y sus primeros 10 jinetes. Marachov dice que fue un niño. Marachov está loco y borracho. Pero tal vez diga la verdad. Ya no importa, ¿o si?. ¿Van a juzgarnos por esto?. ¿Van a hacerlo?. Tendrán que juzgar a todo el pueblo y solo se salvará de ser condenado nuestro sacerdote".


Este fue el último testimonio que tomé. Recogimos las armas y las municiones que pertenecieron a Rokkososvsky y su banda y con las que fueron asesinados los secuaces de Rokkososvsky que volvieron al pueblo al día siguiente de la muerte de éste. Tres días después partimos hacia el pueblo de Tullun, a 3 días de viaje al norte de Cheremkhovo. El correo trajo noticias que allí habían matado a los 9 integrantes de la banda de Rokkososvsky que escaparon vivos de Cheremkhovo. Según contó el correo, varios testigos aseguraban que el tirador había sido un niño de pelo negro enrulado, tez cobriza, pecas debajos de los ojos color azules o grises, que tenía colgando de su pecho una moneda con un agujero cuadrado en el medio".



[1] En el documento original, el nombre de la aldea figura escrito una vez tal como aquí se transcribe

[2] Se desconoce su nombre. Solo se conoce su letra inicial

[3] Este nombre hace referencia a un sitio que ya no existe

[4] El nombre de Irina Filipov aparece en el informe original agregado a pie de página con una llamada

[5] El informe original tiene aquí otra llamada que dice lo siguiente: "Optamos por no transcribir la declaración completa del Señor Marachov pues estaba llena de vaguedades e imprecaciones que nada tenían que ver con el hecho investigado"

domingo, julio 27, 2008

UNA IDEA ESTUPENDA

Debo confesar que cuando Charlie me contó su idea aquella mañana, solo me pareció otra más en una cadena de estúpidas ideas, otro vano intento por inventar algo que lo salvara de su mediocre existencia y lo sacara de un trabajo deplorable que odiaba con todas sus entrañas. Otra imbecilidad como la de los escudriñadores de mujeres, las lectoras de pensamientos o la vajilla autolavable y toda una serie de sandeces que, por supuesto, nunca logró llevar adelante ni hacer que funcionaran.

- ¡Vamos Karl!. Te digo que esta idea es estupenda - me contaba entusiasmado mientras desayunábamos café negro con tocino y huevos (escalfados los míos), y waffles con miel de maple en aquel lugar donde solíamos juntarnos, el Rover Inn en la calle 4, un sitio agradable, de un italoamericano llamado Anthony Minghella, como el director de "The english patient", aunque, como siempre debía aclarar el pobre sujeto, no eran parientes.

La televisión de fondo nos traía noticias de un nuevo bombardeo de nuestros muchachos a alguna asquerosa republiqueta del Tercer Mundo. Charlie estaba insistente. Al menos debo reconocerle eso al pequeño bastardo. Insiste e insiste aunque nunca llegue absolutamente a nada. Es un perdedor absoluto, pero tenaz, eso si.

- Dime Karl - me decía, mientras cortaba el tocino. - ¿Cuánto hace que no mantienes una relación duradera? -.


Su pregunta me tomó por sorpresa, en mitad de un bocado de huevos.


- ¿A qué te refieres con eso Charlie? -.

- Oh, bueno...tú sabes amigo... - dijo y me miró.

Suspiré.

- Bueno...desde Sally, ninguna -.

- ¡Cielo santo amigo! - exclamó.

- Eh...no es tanto tiempo Charlie - me defendí.

- ¿Estás bromeando?. Hace ya 5 años Karl. ¿Como pud...? -.

- Aún no logro olvidarla -.

- No me lo digas a mi Karl. Yo soy quién tiene que aguantarte cuando te agarran esos malditos ataques de llanto cada vez que vamos al cine a ver esas películas que me llevas a ver tu -.

- Creí que las románticas eran tus preferidas Charlie -.

- No Karl. ¡Son las tuyas! -.


Medité aquello un instante.


- Oh - murmuré - Tienes razón -. Charlie llamó a la camarera.

- Cariño, ¿serías tan amable de traernos un poco más de ese delicioso café? -. La camarera dijo "si" con una enorme sonrisa. Era una bella rubia de unos 30 años llamada Doris. Se acercó hasta la mesa, y mientras me servía el café me echó una mirada como para desnudarme.

- ¡¿Qué tal eso?! - bromeó Charlie.

- Oye Charlie: eres un buen amigo y todo, pero me llamaste para contarme otra de tus...bueno...llamésmolas ideas. No tengo todo el tiempo del maldito mundo, así que larga el rollo de una vez, ¿quieres? -.

- De a poco mi buen amigo, de a poco. Hace entonces 5 años que no tienes una relación duradera, ¿verdad? -.

- Cierto. He tenido sexo y además... -.

- Karl, por Dios...esa no es la cuestión -.

- ...además retomé el viejo hábito de la masturbación -.

- Oye, no me interesan tus costumbres onanistas. Sólo te pregunté por tus relaciones serias o duraderas porque esta es mi idea... -.

Tomé mi taza de café y me preparé para escucharlo hablar entusiasmado de alguna torpe idea que nunca llevaría a cabo, que no pondría en práctica y que abandonaría sin más para pasar a otra cosa y así, en unos meses nos encontraríamos de vuelta en el Rover, pidiéndole más café a alguna Jeannie o Minnie o quién diablos estuviera allí.

- Muy bien Karl. Aquí voy. ¿Te has dado cuenta lo difícil que es establecer relaciones en estos días?. Es todo tan complicado, hay tanta desconfianza, miedo a las enfermedades, al fracaso, al rechazo, al maltrato... No eres el único, por cierto, en esa situación. No hablo de mantener solo relaciones sexuales. Aunque es cierto que también ahora los encuentros casuales se han vuelto cada vez más difíciles. Lo reconozco. Los índices de divorcio se van para arriba como las acciones de Microsoft cada vez que Bill saca un nuevo modelo de Windows... -.

- Charlie - dije impaciente.

- Oh, vamos muchacho, tranquilízate, por favor. No nos llevará mucho más tiempo. Todo se enreda. La gente se mira con recelo. Si en el trabajo le preguntas la hora a una subordinada, te acusan de acoso sexual, y si lo haces en la calle, de asalto sexual en 2º grado. Claro, eso si no es una periodista. En ese caso te demandan también por violación de derechos civiles -.

- Charlie - repetí mientras cortaba un waffle.

- Muy bien, muy bien. Ya estoy llegando al centro de la cuestión amigo. Todo esto me hizo pensar... - hizo una pausa en la cuál me causó gracia pensar que Charlie pensara - ...¿qué tal si hubiera otra forma de conseguir relaciones Karl? -.

- ¿Otra forma? - pregunté sin demostrar demasiado interés. La televisión había captado toda mi atención: esas bombas si que podían quemar una población entera en un santiamén.

- Si, otra forma, más práctica, más segura, sin riesgos y con garantía...si Karl, ¡con garantía! -.

Charlie parecía un vendedor de automóviles usados actuando en un infomercial de esos que inundan la televisión de cable, como aquel maldito estafador que intentó venderme un Sedán queriéndome hacer creer que había pertenecido a Sylvester Stallone.

- Este auto perteneció a Silvestre Estaloun - dijo el tipo.

- ¿A Sly? - pregunté entusiasmado -.

- Creo que así le decían, ¿no es verdad? - comentó el vendedor con una sonrisa falsa dibujada en el rostro, ese tipo de sonrisa falsa que solo un vendedor de autos de Ohio puede darte.

- ¿Así que pertenecía a Sylvester Stallone? - murmuré -.

- Tal cual - dijo el tipo. - Era el auto favorito de Silvestre Estaloun -.

Cuando ya estaba casi decidido a hacer la compra se me ocurrió preguntar:

- ¿Estamos hablando del actor? -.

- Si - contestó el tipo dubitativo. - El actor -. Pero algo en sus ojos me pareció sospechoso.

- ¿El que protagonizó Rambo, esa película para maricones? -.

Entonces el tipo se derrumbó.

- ¡No, no, no!. Silvestre Estaloun es un maldito turco al que tuvimos que quitarle el auto porque se atrasaba siempre con sus pagos. ¡Amigo!. Debe ayudarme. Estoy desesperado, si no vendo un asqueroso pedazo de fierro en las próximas dos horas me quedaré sin el premio de fin de mes, y esta vez regalan el juego de vajilla que tanto quiere mi esposa. ¡Ayúdeme por favor! -.

Al final conseguí que el tipo me descontara 800 dólares del precio final y que me regalara un juego de llantas nuevas. No estuvo nada mal, nada mal.


- Charlie, amigo, ¿cuál es la idea?. ¿Me la puedes decir de una maldita vez? - le exigí ofuscado.
- Quiero terminar mi café y mi tocino y seguir viendo las noticias. Nuestros muchachos están haciendo un gran trabajo en aquel país del sur... -.

- Oh, está bien Karl. Está bien. Mira, yo se que no me tienes fe. Lo se. ¿Crees que no te conozco amigo?. ¿Cuántos años hace ya que nos cono cemos Karl? -.

- Muchos Charlie. Tal vez demasiados - dije.

- Está bien amigo, está bien. Comprendo la ironía. Se que nunca me creíste capaz de hacer nada como la gente. Desde niños me lo hiciste notar a cada oportunidad que tuviste -.

- Es que siempre fuiste un bastardo completamente inútil Charlie - le aclaré antes de tomar un trago de jugo de naranja.

- ¿Crees que no lo se?. Oh, amigo, créeme, lo se, lo se. Soy un completo inútil. Siempre lo fui. No, no, no. No lo niegues. Mi padre no deja de marcármelo cada vez que nos encontramos. Me odia. No logro mantener un trabajo por más de 1 año cada vez, siempre estoy sin dinero. Karl, lo se. Y mis dos ex-esposas no dejan de recordármelo cuando me llaman para reclarmarme sus dólares. Pero esta idea será una verdadera bomba amigo -.

- Ok Charlie, si tu lo dices -. Las cámaras de televisión habían entrado a una escuela a la que nuestros muchachos habían atacado con morteros.

- ¿Estás listo?.- Hizo una pausa, intentando crear suspenso antes de largar su nueva y estúpida idea.

- Una cadena de venta de relaciones - me dijo y se quedó mirándome con una sonrisa oligofrénica y los ojos bien abiertos, esperando alguna reacción de mi parte. Pero ya estaba acostumbrado a aquellas tonterías de Charlie y no me sorprendió en lo más mínimo.

- Doris, ¡más café por favor! - dije llamando a la camarera.

- Vamos amigo, no seas así. Dime, ¿qué te parece? -.


Le eché una mirada compasiva.


- Una verdadera mierda -. Pero Charlie, el tenaz bastardo, no se dió por vencido.

- Oh Karl, que pesimista eres. Siempre que te cuento alguna de mis ideas dices lo mismo -.

- Y tú sigues insistiendo - dije mientras Doris me servía café inclinándose de una manera muy sugestiva, dejándome ver apenas el nacimiento de sus pechos, que debo reconocerlo, se veían firmes y amplios debajo de aquel uniforme.

- Claro que lo hago Karl. Eres mi amigo -.


Aquello me enterneció casi hasta las lágrimas. El café estaba muy caliente.


- Bueno Charlie. Debo serte sincero: siempre fuiste un perdedor y siempre lo serás. Para qué negarlo. Eres un fracasado. Nunca triunfarás en nada. Soy tu amigo, es cierto, por eso te lo digo. Ni lo intentes. No llegarás a nada, como en todo lo que has emprendido en tu pusilánime vida. Debo reconocer tu tenacidad, eres un bastardo resistente. Otros a esta altura y con tantos fracasos sobre sus espaldas, se habrían pegado más de un tiro en la cabeza. Pero tú no, y eso es lo que tienes de bueno. Sabes que no lo lograrás, pero igual lo intentas. No puedo decir que te admire Charlie, porque nunca admiraría a un asqueroso inútil como tú. Pero tienes mi simpatía -.

- Bue... no... - dudó Charlie.

- Oye Charlie, somos amigos. ¿Hubieras preferido que no te dijera nada de esto?. No me habría sentido bien. Además me conoces. Sabes que no soy de los tipos que dicen "si, si, claro que si" para quedar bien. ¡Detesto la hipocresía! -.

- Oh, si, ya lo se. Pero podrías tener un poco más de tacto Karl - dijo ya repuesto.

- Si, podría. Pero también te estaría engañando, y ese, tu lo sabes, no es mi estilo -.

- Ya lo se Karl. De todos modos, y aunque no te guste, voy a intentarlo -.

- De acuerdo - dije.

- Mira Karl: sería sencillo. Un comercio que venda relaciones. Entra un cliente y dice "quiero una relación con una mujer inteligente, profesional, que no esté demasiado interesada en el sexo" y y así a cada uno le vendes la relación que desea mantener -.

- Ajá -.

- O una mujer que diga "quiero un marido que al menos me dure más que el anterior" y así, ¿comprendes? -.

- Eh...si, te sigo Charlie -.

- ¿No es genial?. ¡Vamos!. ¡Dime que no es genial!. No más recorrer bares de solteros, deprimentes fiestas, citas a ciegas ni por computadora, presentaciones molestas de amigas de las novias de tus amigos que son unas estúpidas. La gente se volvería loca con algo así -.

- Pero si todas las relaciones fueran tan perfectas, se acabarían todos los problemas de pareja - acoté.

- Oh, no. Para aquellos que quieran una relación conflictiva, también las habrá. Lo que yo proveo es el servicio para que la gente no tenga que buscar esas relaciones. Tu sales del negocio con la relación perfecta de acuerdo a tu pedido. No estoy hablando de organizar una cita para ver qué pasa. Te vendo la relación que tu deseas mantener y listo. ¿Me entiendes Karl? -.

- Pues creo que no - acoté. Las noticias sobre la invasión habían terminado así que empecé a prestarle atención a Doris, que cada tanto me dedicaba una sonrisa tan seductora e irresistible que por un momento me hizo olvidar para qué estaba allí. - Mira - seguí - no has venido a mejor puerto a por frutas frescas Charlie. Sabes que detesto todas tus ideas. Siempre lo hice y siempre lo haré. Tu idea me parece imposible de llevar a cabo. Fracasarás estrepitosamente de nuevo. Pero allá tú. Te lo dije las veces anteriores y nunca me prestaste atención. Así que no te deseo suerte, porque sería desperdiciarla -.

- Gracias por tu apoyo Karl -.

- De nada amigo. Doris, ¿nos traes la cuenta? -.

- Claro - dijo Doris.

- Bueno Karl. Debo ir a ver a mi padre para pedirle el dinero. Quiero empezar cuanto antes -.

- No te lo dará. No después de la última vez. Recuerda lo que te dijo... -.

- Oh, siempre dice lo mismo el viejo. Olvídate de él. ¿No querrás ayudarme, verdad? -.

- ¿Acaso no escuchaste ni una palabra de lo que te dije? - le espeté.

- Bueno. Debía intentarlo. Eres mi amigo Karl -.

Llegó Doris con la cuenta, la dejo en la mesa y me la pasó lentamente. Cuando la revisé, me di cuenta que me había anotado en ella su teléfono.

Han pasado 5 años desde aquella vez, y debo reconocer que me equivoqué por completo, que no pude estar más errado. Charlie hoy maneja una cadena de más de 150 sucursales de "Relaciones Inc." a lo largo y ancho del país. Cada mes llega a nuevas ciudades. En la última cotización de la bolsa, su empresa valía 3500 millones. Increíble lo equivocado que estuve. Aunque él también se equivocó en cuanto a lo difícil que es hoy en día relacionarse con alguien. Hace 3 meses nació Amelia, nuestro segundo hijo, de Doris y mío. Año y medio después de aquella mañana en el Rover Inn de la calle 4 nacía John. Mañana nos juntaremos nuevamente a desayunar con Charlie. Claro que esta vez prestaré más atención si me cuenta alguna nueva idea.